Eran las 5 de la mañana y el sol estaba listo par salir. Los requisitos estaban cumplidos. El corazón debía latir más fuerte en torno a una mente que no paraba de pensar.
Hoy es un día más, de esos que nacen de rutinas y mueren en engaños.
Era un muchacho que en la soledad cambiaba el mundo. Él sabía que las cosas no estaban marchando bien. Se sentó al borde de un muro y le sonrió a la nostalgia. Esperaba una gran oportunidad junto a esa gran señal.
Alguien se le acercó con una mirada brillante. Se sentó junto a él y le ofreció una bebida. – No bebo, le dijo. Prefiero verle al destino en sobriedad. -Yo también, respondió aquel hombre, por eso le pido al vino que se levante a diario. La sobriedad sin pan es un poco amarga.
Muchacho, el mundo no quiere monumentos, quiere regalos de virtud; por eso las ciudades se derrumban, ya no pueden sostener tanto bronce con cara de importante.
Bebe un trago de este vino, bébelo como si fuera sangre. Y come como si fuera pan.
Eso no tiene sentido, respondió. ¿Quieres un desayuno, eso es? No tengo dinero, y sospecho que ya lo sabes…
Lo sé, lo sé, pero yo no quiero tu pan. Yo quiero que bebas de mi vino.
Aquel extraño, se contrarió un poco, se levantó y se fue…
