NO PERJUDICAMOS A NADIE,MÁS BIEN, BUSCAMOS EL BIEN DE TODOS

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NO PERJUDICAMOS A NADIE,
MÁS BIEN, BUSCAMOS EL BIEN DE TODOS
De las Actas de los mártires de China,
san Gregorio Grassi y compañeros

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Los tres obispos, Gregorio Grassi, Francisco Fogolla y Antonio Fantosatti, recitaban juntos el Oficio Divino, mientras los restantes descansaban después de una fatigosa mañana, cuando repentinamente se escucharon explosiones de armas de fuego que provenían de la parte de enfrente del atrio, unidas a gemidos y llantos de niños y mujeres. Las religiosas, que vivían próximas, ante este rebato corrieron hacia donde se encontraba el padre Teodosio, y, sin demora, todos se dirigieron al obispo Gregorio, quien les dijo:

«Hermanos, ésta es nuestra hora, poneos de rodillas y os daré la absolución de vuestros pecados».

Y les impartió la absolución sacramental. Él mismo, arrodillado con los demás, esperó la llegada de los soldados, quienes irrumpieron con ímpetu y con furia salvaje en la casa. Quedaron sorprendidos de momento al encontrar a sus víctimas silenciosas y arrodilladas; pero luego se lanzaron sobre ellos, les ataron las manos a la espalda y los arrojaron fuera. Cuentan algunos de los testigos que el obispo Francisco, mientras era atado por los soldados, les dijo:

«No es necesario que nos atéis, nosotros iremos voluntariamente a donde nos llevéis».

En ese momento uno de los soldados, desenvainada la espada, le dio dos tajos en las rodillas. Igualmente, el obispo Gregorio fue herido sin compasión, y también sus compañeros.

Después, atravesando las calles de la ciudad, contusionados y golpeados por la plebe y los Boxers, fueron conducidos al tribunal, lugar cercano del pueblo Iuen-men, empujados y constreñidos por todas partes por dichos soldados y los Boxers. El virrey les ordenó arrodillarse con la cabeza inclinada, mientras al obispo Francisco, a quien ya conocía, le interrogaba:

«¿Cuánto tiempo lleváis en China?».

Él contestó:

«Más de treinta años».

El juez siguió diciendo:

«¿Por qué habéis venido a perturbar a nuestro pueblo, y por qué motivo os permitís hacer propaganda de vuestra religión?».

El obispo respondió:

«Nosotros no hemos perjudicado a nadie, más bien, hemos buscado su provecho».

Siguió el juez:

«No fue así; vosotros hicisteis mucho mal a nuestro pueblo, y por ello mandaremos que os maten».

El obispo concluyó:

«Si nos condenáis a la muerte, tú no quedarás impune por este delito».

Montando en cólera, el mismo virrey clavó el puñal en el pecho del obispo por dos veces y ordenó a los soldados que cayeran sobre los demás y los mataran.

Oída la orden, cada uno de los soldados y de los Boxers, comenzando por los que tenían más próximos, sin piedad y con máxima crueldad, en sendos tajos, fueron decapitando a los invictos mártires, destrozando después todos sus miembros. Fue un espectáculo cruel y horrendo. Finalmente, sus cuerpos, despojados de los vestidos y expuestos hasta la caída de la tarde totalmente desnudos en señal de menosprecio, fueron transportados a la parte norte de la ciudad, junto a las murallas, y allí los arrojaron a una fosa común, en donde eran enterrados los malhechores y los mendigos, manteniéndoles insepultos durante tres días.

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