A veces, encuentros

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A veces, encuentros

A veces, las personas no saben dónde se encuentran, y los lugares que les rodean parecen solo objetos sin forma. Las montañas son solo acuarelas que se evaporan con el sol y los ríos, pequeños desfogues de vidas que ya pasaron.

Este lugar en particular estaba algo más extraño, su color era del cemento que marca una ciudad pobre, aunque capital, pero pobre, no siempre esa gran importancia que dan los hombres a sus ciudades las hace ricas, son solo modelos de lo que no se debe hacer.

Había unos graderíos, cualquiera podría imaginar que es para ver el fútbol, a la final, ese deporte marca el ritmo de la pereza mental, pero no, eran graderíos de espera, de esas esperas que cansan cuando ya no se sabe que esperar.

Él, un hombre cualquiera, llegó a este centro de culturas perdidas y de patrimonios olvidados, menos por los círculos de poder que siempre le recuerdan al pueblo con un poco de pan.

Se sentó en una de esas gradas y la gente empezó a rodearlo, parecía que él traía algo para cada uno, pero no era así, aquel hombre solo llevaba una alforja llena de sueños, como todos alguna vez la llevaron.

Miró con más cuidado a los alrededores y logró divisar unas construcciones algo raídas pero que eran llenadas con esos sueños de alforja de los que estaban presentes, o quizá ausentes, mientras lo rodeaban con miradas de inquisitoria explicación.

Es raro se dijo, aquí solo vive el que sueña y muere el que cumple con su sueño, tierras extrañas a las que me han traído mis cansados pies.

Del nublado horizonte apareció un cortejo fúnebre, llevaban a otro más, a uno más de los de siempre, de los que no comprenden, pero lo saben todo, de esos que la tierra es de diversión y placeres sin razón de ser. Lo sepultaron entre bóvedas de sueños y lo sellaron con el cemento del cumplimiento.

Mientras tanto el visitante miraba algo confundido, y en esa disquisición decidió marcharse; la multitud intentó frenarlo, sin poder hacer nada lo dejaron ir y se desvanecieron en sus anhelos; el piso recogía sus últimos rezagos de neblina estructural, de su cuerpo formado por límpidas nebulosas inexistentes.

Caminó un poco hacia el sur y se encontró con un templo profano, un loco templo en medio de un cementerio inexistente de construcción, pero lleno de muertos por doquier. Unos ancianos le preguntaron que donde quería quedarse, que podían ellos brindarle alojamiento seguro y con todo lo necesario, hasta un gato podría hacerle compañía en su divagar de la nueva vida. El visitante insistió que debía seguir, pero que acepta el gato, por ser el único libre en medio de tan grande servilismo mundano.

Caminar era la mejor opción, y mientras los ancianos se desvanecían en el piso de aquel templo y se perdían como un humo que sube hacia abajo, siguió su camino.

Unas calles oscuras y tenebrosas trataron de dañarlo; gente que trataba de delinquir sin saber de campañas electorales. Un asaltante que quería su cartera y que no pudo matarlo.

  • ¡Dame tu cartera, maldito! Dijo el criminal – si no lo haces descargaré un tiro en tu cabeza.
  • Está bien, respondió él, es tuya, no tengo mucho, pero te lo doy.
  • -No! Gritó el malhechor, se supone que debes negarte para poder matarte

Al no encontrar respuesta, el villano corrió con gran fuerza y velocidad hacia la oscuridad hasta que se perdió de vista.

Una noche extraña, unos momentos en que solo parecía que el tiempo era del mal. El sol aguardaba que amaneciera para salir, como que el miedo le ganaba a su voluntad; algo muy común en la actualidad.

Llegó a su casa y se perdió, el gato le guio por el camino, Encontró su habitación y el lugar se llenó de gente.

Se sentó a la mesa y miró a uno de ellos y le preguntó:

– ¿Qué hacen? ¿Por qué están aquí?

– Porque queremos irnos a casa y no podemos -respondió.

– ¿Pero por qué me siguen a mí?

– Porque tu puedes estar en los dos lados, y sabes cómo hacerlo. Dijo el espectro

Tomó su cabeza con sus manos y pensó. Se dijo a sí mismo que todo estaba tan sencillo y que simplemente nadie lo estaba comprendiendo.

Levantó la cabeza y le dijo:

-Yo puedo salir y entrar porque no tengo casa aquí, mi casa está allá, mientras que tu casa y las de los demás están aquí, por eso no pueden irse, porque su tesoro está aquí.

El espectro con sorpresa le dijo:

– ¿Es así de fácil, solo debo renunciar a mi casa de aquí?

-Si, dijo el pensante, eso es todo.

La habitación se llenó de luz y la neblina se desvaneció. El color de la naturaleza resurgió y el calor entró para dar vida.

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