Cruz y Resurrección: Claves de la Fe Católica

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6 de marzo

Deuteronomio 30:15-20 Salmos 1:1-4, 6 Lucas 9:22-25

Tome su Cruz y Sígame

“…ganar el mundo entero…” (Lucas 9:25).

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En Lucas 9:22-25, Jesús anuncia a sus discípulos que «el Hijo del Hombre debía sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser muerto y resucitar al tercer día». Luego, dirigiéndose a todos, añade: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?». Este pasaje, que leemos en el Evangelio según San Lucas, nos sitúa ante el misterio central de la fe católica: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, y la llamada radical a participar en ese mismo misterio como discípulos suyos.

Desde la doctrina católica, el anuncio de Jesús sobre su sufrimiento y resurrección no es simplemente un relato histórico, sino la revelación del plan salvífico de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 571) nos enseña que el misterio pascual —la cruz y la resurrección— es el corazón de la Redención. Jesús, el Hijo de Dios encarnado, asume nuestra humanidad caída y, mediante su sacrificio libremente aceptado, nos reconcilia con el Padre. En este anuncio a los discípulos, vemos la obediencia amorosa de Cristo al designio divino, un modelo de humildad y entrega que resuena con lo que San Pablo describe en Filipenses 2:8: «Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz». Así, la cruz no es un accidente ni una derrota, sino el instrumento de la victoria divina sobre el pecado y la muerte.

Pero Jesús no se detiene en su propio destino; nos invita a seguirlo, a tomar nuestra cruz cada día. Aquí se despliega una enseñanza esencial del cristianismo católico: la vida del discípulo no es un camino de autocomplacencia, sino de renuncia y configuración con Cristo. El «negarse a sí mismo» que Jesús pide no es un rechazo arbitrario de nuestra humanidad, sino una liberación de los apegos egoístas que nos esclavizan. Como dice el Catecismo (n. 2015), el camino hacia la santidad implica una purificación del corazón, y esto pasa por la cruz. La doctrina católica ve en este llamado una participación en el sacrificio redentor de Cristo: al unir nuestros sufrimientos a los suyos, colaboramos en la obra de la salvación, tanto para nosotros como para los demás (cf. Colosenses 1:24).

La paradoja que Jesús plantea —»quien quiera salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí, la salvará»— es una verdad que trasciende la lógica mundana. En el pensamiento católico, esto apunta a la primacía de la vida eterna sobre las ganancias temporales. San Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis Splendor (n. 85), subraya que el seguimiento de Cristo exige a veces renunciar a lo que el mundo considera valioso, porque solo en Dios encontramos la plenitud de la vida. Perder la vida «por Cristo» no significa necesariamente el martirio físico (aunque lo incluye), sino vivir para Él, entregando nuestras ambiciones, seguridades y pecados al servicio del Evangelio.

Finalmente, la pregunta retórica «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?» nos confronta con la vanidad de una existencia centrada en lo material. La Iglesia, fiel a esta enseñanza, nos recuerda que nuestra dignidad y destino últimos están en la comunión con Dios. Como dice Santo Tomás de Aquino, «el hombre no ha sido creado para un fin temporal, sino para un fin eterno». La cruz, entonces, se convierte en el camino hacia esa eternidad, un signo de contradicción para el mundo, pero de esperanza para el creyente.

En resumen, Lucas 9:22-25 nos invita a contemplar a Cristo crucificado y resucitado como el fundamento de nuestra fe, y a abrazar nuestra propia cruz como un acto de amor y confianza en Él. Desde la doctrina católica, este pasaje nos llama a vivir el misterio pascual en nuestra cotidianidad, sabiendo que, al perdernos en Cristo, encontramos la verdadera vida. Que María, la Madre dolorosa al pie de la cruz, nos guíe en este camino de entrega y resurrección.

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