20 de marzo
Jeremías 17:5-10 Salmos 1:1-4, 6 Lucas 16:19-31
Hay Abismo que te Separa de Lázaro
“Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas” (Jeremías 17:10).
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El pasaje de Lucas 16:19-31, conocido como la parábola del rico y Lázaro, es una enseñanza profunda de Jesucristo que nos invita a reflexionar sobre la caridad, la justicia y el destino eterno del alma. En este relato, vemos dos figuras contrastantes: un hombre rico, que vive en la opulencia y el placer, y Lázaro, un pobre cubierto de llagas que yace a la puerta del rico, anhelando siquiera las migajas que caen de su mesa. Ambos mueren, y sus destinos se invierten: Lázaro es llevado al seno de Abraham, un lugar de consuelo y paz, mientras que el rico sufre tormentos en el Hades.
Esta parábola nos habla del llamado universal a la caridad y la responsabilidad que tenemos hacia los demás, especialmente hacia los más necesitados. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1033) nos recuerda que el infierno, simbolizado aquí por el lugar de tormento del rico, es la consecuencia de un rechazo libre y definitivo de Dios y de su amor. El rico no es condenado por su riqueza en sí misma, sino por su indiferencia y falta de compasión hacia Lázaro. Ignoró la dignidad del pobre como hijo de Dios, incumpliendo el mandato de amar al prójimo como a sí mismo (Mt 22:39).
Además, el texto subraya la irrevocabilidad de nuestras elecciones en esta vida. Una vez que cruzamos el umbral de la muerte, no hay vuelta atrás, como lo expresa el abismo insalvable entre el rico y Lázaro. Esto resuena con la enseñanza católica sobre el juicio particular (CIC 1021-1022), donde cada alma enfrenta inmediatamente las consecuencias de sus actos. El rico pide que Lázaro sea enviado a advertir a sus hermanos, pero Abraham responde que ya tienen a Moisés y los profetas, es decir, la Palabra de Dios. En nuestra época, nosotros tenemos también el Evangelio y la Iglesia, que nos guían hacia una vida de virtud y misericordia.
La parábola nos interpela: ¿cómo usamos los bienes que Dios nos ha confiado? ¿Somos sensibles al sufrimiento de quienes nos rodean? Nos invita a vivir la bienaventuranza de los misericordiosos (Mt 5:7) y a practicar las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. En un mundo tentado por el materialismo, Lucas 16:19-31 es un recordatorio de que la verdadera riqueza está en el corazón que se entrega a Dios y al prójimo, pues, como dice San Agustín, «nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
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