DÍA VIGÉSIMO CUARTO
LOS SIETE DOLORES DE SAN JOSÉ
Asociado a María en sus gloriosos privilegios, San José tuvo, como ella, su corazón traspasado por siete espadas. Siete dolores principales marcaron su vida como estaciones de una vía dolorosa que recorrió junto a Jesús. Sufría sin cesar en su corazón, pero en ciertas circunstancias su martirio se intensificaba, adquiriendo nuevas dimensiones con la renovación de los motivos de su padecimiento.
Su primer y amargo dolor fue la inmensa pena que sintió al percibir los primeros indicios de la maternidad de María, cuando estuvo a punto de abandonarla en secreto. “¿Qué será de esta joven, casi una niña? ¿Quién cuidará de ella? El respeto por la ley, que ordena la separación, me obliga a dejarla”, pensó. ¡Qué terrible angustia para un corazón tan bondadoso, amante y abnegado como el de San José, que amaba a María de un modo indescriptible!
Cuando en Belén fue rechazado y se vio reducido a refugiarse en un establo, su corazón se desgarró. No sufría por sí mismo, sino por esa joven Madre, la Reina de los Ángeles, y por ese tierno Niño que estaba por nacer, su verdadero Dios. Lo que más lo atormentaba era la herida infligida a estos seres tan queridos: las privaciones que tendrían que soportar en aquel establo. Ignoraba cuántos días o noches pasarían en tan miserable refugio; el Señor lo guiaba como a ciegas, manteniéndolo siempre en dependencia, y esa incertidumbre agravaba su sufrimiento.
La circuncisión de Jesús. ¡Qué dolor le causó saber que él mismo haría sufrir al Niño Dios y derramaría las primeras gotas de su preciosa sangre! La visión de esa herida, de la sangre que corría, de las lágrimas y el dolor de la divina Madre desgarraron su corazón.
La profecía del anciano Simeón. Al revelársele que su santa y divina Esposa sería traspasada por una espada, comprendió plenamente el sentido de la profecía de Isaías sobre los padecimientos y humillaciones del Mesías. Desde ese momento, sufrió el dolor de María y el de Jesús; el pensamiento de este doble martirio lo acompañó siempre, martirizándolo a su vez.
La huida a Egipto. ¿Quién podría imaginar sus temores y alarmas? Dios no quiso librar su corazón del miedo, para hacerlo producir actos de abandono a su Providencia. En aquel país desconocido, entre caminos desiertos, San José experimentó las más crueles ansiedades. Con su corazón de padre —el más amante— temía toda clase de desgracias. Él, un pobre anciano, encargado de defender solo el tesoro de Dios Padre contra los enemigos que podían atacarlo en cualquier momento.
Al regresar de Egipto, un nuevo tormento. Temía a Arquelao y debía seguir ocultando al Niño Jesús. No había descanso ni paz para él; escapaba de un peligro solo para enfrentar otro después.
La pérdida de Jesús en el Templo. Su dolor fue tan inmenso, sus lágrimas tan amargas, que el Espíritu Santo quiso revelárnoslo por boca de María. Sufría aún más porque, en su humildad, se acusaba de haber sido negligente en los cuidados que debía prodigar a Aquel que el Padre Eterno le había confiado.
Tales son los siete grandes dolores de San José. Los sobrellevó en silencio, con humildad y amor. No buscó ni quiso consuelo humano; no sufría por sí mismo, sino por Jesús, por María, por el mundo entero, por nosotros. Dichosos sufrimientos que lo unieron al Salvador y lo hicieron participar en la redención del mundo.
Aspiración: San José, haz que tratemos a Nuestro Señor con el mismo respeto y amor que siempre le tributaste.
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