La Senda de los Caminantes Eternos
#fantasmas
Se dice que hay senderos que no llevan a ninguna parte… pero también hay otros que no llevan más que al mismo lugar, una y otra vez. Así comienza la historia de aquel grupo que, una mañana clara de verano, decidió recorrer el sendero circular que rodea el Devil Tower en Wyoming: un trayecto sencillo de apenas dos millas y media, pensado para turistas, familias y amantes de la naturaleza.
El aire era fresco, las aves cantaban, y la silueta colosal de la torre volcánica se elevaba a la izquierda del sendero como un dedo pétreo señalando al cielo. Rieron, conversaron, y avanzaron sin preocupaciones. Pero al cabo de un rato, algo empezó a sentirse… raro.
El tiempo pasaba, el sol avanzaba en el cielo, pero el sendero no terminaba. No había señales que indicaran cercanía al final, ni bancos de descanso, ni el murmullo esperado del Visitor Center. Solo el irregular murmullo del viento entre los árboles y la sombra constante del Devil Tower a su izquierda.
—¿No deberíamos haber llegado ya? —preguntó uno del grupo, secándose el sudor.
Otro miró su reloj. Llevaban más de dos horas caminando. Aquello era imposible.
El cansancio comenzó a caer sobre ellos como una losa. Los músculos ardían, las piernas les temblaban. La sed se volvió insoportable y el hambre agujereaba sus estómagos. Y aun así, cada vez que levantaban la vista… allí estaba el Devil Tower, exactamente a su izquierda, como si jamás se moviera, como si ellos fuesen quienes giraban alrededor sin avanzar un solo paso.
El sendero, que debía ser un paseo recreativo, se convirtió en una prueba de resistencia. Sin agua. Sin comida. Sin salida.
Finalmente, desfallecieron. Dejaron caer sus mochilas y se recostaron en el suelo, con el corazón golpeándoles el pecho, con la lengua seca como polvo. Cerraron los ojos por un instante… y despertaron como si hubieran dormido toda una noche reparadora. El cansancio había desaparecido. Sus cuerpos estaban ligeros, llenos de energía.
—¿Qué nos pasó? —preguntó alguien. Nadie supo responder.
Reanudaron la marcha. Y de pronto, como si hubieran dado un solo paso, el Visitor Center apareció ante ellos.
Pero algo estaba mal.
Las banderas ondeaban sin viento. Los autos en el estacionamiento tenían modelos antiguos, con matrículas oxidadas. Unos cuantos visitantes caminaban sin expresión, como si no los vieran. Una mujer en la tienda de recuerdos movía lentamente los labios, pero no producía sonido alguno. El aire olía a lluvia antigua y a roca mojada.
El grupo sintió un estremecimiento, pero decidieron no detenerse. Subieron al auto y emprendieron el camino de regreso. Solo querían alejarse de ese lugar.
Sin embargo, a los pocos minutos de conducir, uno de ellos miró por la ventana izquierda.
—¿Lo ven? —dijo con voz quebrada.
Todos voltearon.
Allí estaba de nuevo el Devil Tower, a su izquierda, elevándose imponente, idéntico, inmóvil… eterno.
Nadie dijo palabra. Continuaron manejando en silencio, esperando que el paisaje cambiara.
Pero no cambió.
Cada cierto tiempo, alguien se quejaba de sed. Otro, de hambre. Todos miraban el horizonte con la esperanza de ver el final del camino. Pero el camino no terminaba nunca.
Y hasta el día de hoy, si conduces por allí al atardecer, puede que veas un auto avanzando silenciosamente, siempre con el Devil Tower a su izquierda… y con sus ocupantes atrapados en un bucle de tiempo y piedra, caminando o conduciendo, eternamente sedientos, eternamente hambrientos, eternamente tratando de llegar a casa.
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- La Senda de los Caminantes Eternos

- 𝘌𝘭 𝘓𝘢𝘵𝘪𝘥𝘰 𝘖𝘤𝘶𝘭𝘵𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘈𝘳𝘳𝘰𝘺𝘰
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