Taller de Don Julián
Milagro del Beato Miguel Agustín Pro
En la Ciudad de México, hacia finales de los años veinte, cuando la persecución religiosa aún dejaba un aire de miedo en las calles, vivía Don Julián, un humilde mecánico. Era un hombre trabajador, pero desde hacía semanas su pequeño taller no levantaba cabeza. Las máquinas fallaban, los clientes no llegaban, y la angustia comenzaba a comerse el ambiente familiar.
Una noche, mientras cerraba el portón del taller, Don Julián escuchó a su esposa decirle:
—Pídele al padre Pro… él siempre ayuda.
Sobre la mesa de la casa tenían una pequeña estampita del padre Miguel Agustín Pro, quien acababa de morir mártir hacía muy poco tiempo. Don Julián no era muy dado a rezos largos, pero esa noche, con voz quebrada, solo dijo:
—Padre Pro… échame la mano, ¿sí? Tú sabes lo que es luchar. No me abandones.
Al día siguiente ocurrió lo inesperado.
La misteriosa visita
A media mañana, cuando ya esperaba otro día sin trabajo, un joven entró al taller. Iba con sombrero y un saco algo desgastado. Se acercó directamente al viejo automóvil que llevaba semanas sin poder arrancar.
—¿Puedo? —preguntó, señalando el capó.
Don Julián, extrañado pero sin negarse, asintió.
El joven abrió el motor, movió dos piezas, tensó un cable flojo, y de pronto el viejo auto rugió como nuevo.
—¡Pero…! ¡Tenía tres mecánicos y ninguno pudo! —exclamó Don Julián.
El extraño sonrió con serenidad y dijo:
—La confianza en Dios hace que hasta los fierros vuelvan a la vida, don Julián.
Aquella frase dejó al mecánico paralizado. El joven puso una mano en su hombro.
—No se preocupe. Su taller seguirá adelante. Solo no pierda la fe.
Acto seguido, el visitante salió y, al irse, Don Julián sintió un aroma leve… como de incienso y pólvora al mismo tiempo, un olor que él no podía explicar.
El descubrimiento
Horas después llegaron dos clientes nuevos, luego tres más, y en cuestión de días el taller volvió a prosperar. Con curiosidad, Don Julián comentó a su esposa:
—Fíjate que el que vino a ayudarme hoy… me dijo algo del Sagrado Corazón. Y no sé… tenía un aire… distinto.
Ella fue a buscar la estampita del padre Pro que habían dejado en la sala. Cuando volvió, se la mostró.
—¿No era éste? —preguntó.
Don Julián se quedó helado. Era el mismo rostro, la misma sonrisa serena, la misma mirada firme.
—Es él —susurró—. ¡Es él! ¡El padre Pro estuvo hoy aquí!
Desde entonces, en la pared del taller, junto a la caja de herramientas, quedó para siempre colgada la estampita del Beato Miguel Agustín Pro, con una frase escrita por Don Julián:
«Padre Pro, gracias por arreglar lo que mis manos no pudieron.»
- Memoria de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia
- IV Domingo de Pascua
- El Milagro de la Dolorosa: Historia y Significado en Ecuador
- (sin título)
- Fiesta de la Divina Misericordia
