San David Lewis: un sacerdote perseguido junto a su pueblo
Hay santos cuya historia se comprende mejor cuando se contempla no solamente su martirio, sino también el sufrimiento de las personas que caminaron con ellos. San David Lewis fue uno de ellos. Su vida estuvo marcada durante décadas por la persecución religiosa que padecieron los católicos de Gales, y su muerte fue el desenlace de una fidelidad que había compartido con sus feligreses durante más de treinta años.
David Lewis nació en Gales en 1616, en una familia mixta: su padre era protestante y su madre católica. Estudió Derecho en Londres, pero durante su juventud abrazó plenamente la fe católica. Después marchó a Roma, donde estudió en el Colegio Inglés, fue ordenado sacerdote en 1642 y posteriormente ingresó en la Compañía de Jesús. En 1648 regresó a Gales como misionero.
Su regreso no significó una vida tranquila. Los católicos de aquella región vivían bajo leyes penales que restringían severamente el ejercicio público de su fe. Para ellos, acudir a Misa, recibir los sacramentos y mantener una comunidad católica organizada podía convertirse en una actividad clandestina y peligrosa. Por eso el ministerio de Lewis tuvo que desarrollarse muchas veces en casas particulares, refugios y lugares ocultos.
Durante unos treinta años, el sacerdote recorrió el sur de Gales atendiendo a aquellas comunidades. Celebraba la Misa, escuchaba confesiones, bautizaba, predicaba en galés y en inglés y acompañaba a las familias católicas. No era simplemente un sacerdote que visitaba a sus fieles: compartía con ellos el riesgo de ser descubierto.
Los católicos perseguidos necesitaban sacerdotes precisamente porque la persecución pretendía aislarlos de los sacramentos y de la vida de la Iglesia. Lewis se convirtió así en una presencia fundamental para ellos. Visitaba a familias que mantenían la fe en secreto y, según las fuentes históricas, realizaba buena parte de sus recorridos a pie y con gran precaución. Su dedicación a los pobres fue tan conocida que sus feligreses lo llamaron “Tad y Tlodion”, el “Padre de los pobres”.
Pero aquella persecución no afectaba solamente a los sacerdotes. Los propios fieles podían sufrir consecuencias por ayudarles. Las casas donde se escondían sacerdotes podían ser vigiladas; quienes los protegían podían quedar expuestos a denuncias; y la celebración de la Misa tenía que realizarse con enorme prudencia. La comunidad católica vivía, por tanto, una fe marcada por el miedo, pero también por una extraordinaria perseverancia.
La situación empeoró dramáticamente en 1678 con la llamada “Conspiración Papista”, una acusación falsa impulsada por Titus Oates que alimentó una nueva oleada de histeria anticatólica. Los jesuitas fueron particularmente perseguidos y se ofrecieron recompensas por información que permitiera capturarlos.
Fue entonces cuando la vida de David Lewis entró en su etapa final.
El 17 de noviembre de 1678, mientras se disponía a celebrar la Santa Misa en Llantarnam, fue arrestado por hombres armados. Su detención no fue consecuencia de haber participado en una conspiración política. La acusación que finalmente sostuvo su condena estaba relacionada fundamentalmente con su condición de sacerdote católico y con el ejercicio de su ministerio.
Sus objetos religiosos fueron encontrados y confiscados, y pasó por varias cárceles: Abergavenny, Monmouth y Usk. Posteriormente fue llevado a Londres e interrogado en relación con la supuesta conspiración. Pero no pudieron convertirlo en testigo de una conspiración que él no conocía. Finalmente regresó a Gales para enfrentarse a la sentencia de muerte.
Mientras tanto, sus feligreses habían perdido a su pastor.
Aquello debió significar mucho más que la ausencia de un sacerdote. Para aquellas comunidades perseguidas, Lewis era quien llevaba la Eucaristía, la reconciliación, el bautismo y el consuelo cristiano. Perseguir al sacerdote significaba también intentar golpear la vida espiritual de todo un pueblo.
Y, sin embargo, la persecución no consiguió destruir aquella fe.
El 27 de agosto de 1679, David Lewis fue llevado al lugar de su ejecución en Usk. Allí confesó públicamente que era católico, sacerdote y jesuita. Habló de su fe y exhortó a los presentes a permanecer firmes, frecuentar los sacramentos, soportar con paciencia las persecuciones y perdonar a sus enemigos.
La escena resulta especialmente conmovedora porque quienes presenciaron su muerte no eran todos católicos. Las fuentes conservan el recuerdo de una multitud profundamente impresionada por la serenidad del sacerdote. Incluso se produjo una reacción contra el verdugo, hasta el punto de que este abandonó el lugar y tuvo que buscarse a otra persona para completar la ejecución.
Lewis fue ahorcado y posteriormente sufrió el cruel castigo reservado entonces a los condenados por alta traición. Sin embargo, después de su muerte ocurrió algo significativo: su cuerpo recibió un entierro digno, reflejo del respeto que había despertado incluso entre personas que no compartían su fe.
Su martirio no puede separarse, por tanto, del sufrimiento de aquellos hombres y mujeres que durante décadas mantuvieron la fe católica en medio de la presión, el miedo y la clandestinidad.
San David Lewis no murió solamente porque fuera sacerdote. Murió porque se negó a abandonar a un pueblo que necesitaba de su sacerdote.
Podría haber buscado seguridad. Podría haber abandonado Gales. Podría haber dejado de celebrar la Misa y de administrar los sacramentos. Pero regresó una y otra vez junto a sus comunidades. Durante más de treinta años compartió sus dificultades y finalmente compartió también su persecución.
Por eso el título de “Padre de los pobres” adquiere un significado todavía más profundo. No se refería únicamente a la pobreza material. Lewis fue padre de un pueblo que sufría también la pobreza de la libertad religiosa, la amenaza de la denuncia y el temor de perder aquello que consideraba más precioso: la fe y los sacramentos.
San David Lewis nos deja así un testimonio particularmente poderoso: la persecución puede encerrar a un sacerdote, destruir sus lugares de culto y amenazar a sus feligreses, pero no puede obligar a una conciencia fiel a renunciar a Cristo.
En 1970, el papa Pablo VI lo canonizó junto con los Cuarenta Mártires de Inglaterra y Gales. Su memoria permanece como la de un sacerdote que no abandonó a su pueblo cuando seguir siendo sacerdote tenía un precio enorme.
Y quizá esa sea la pregunta que su vida deja para nosotros: ¿qué valor tiene nuestra fe cuando profesarla no nos cuesta nada, y qué estaríamos dispuestos a sacrificar para permanecer fieles cuando sí tenga un precio?
San David Lewis, sacerdote y mártir, Padre de los pobres y servidor de un pueblo perseguido, ruega por nosotros.
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