Rebeca Rocamora: una joven que pidió a Dios que le aumentara la fe

Rebeca Rocamora: una joven que pidió a Dios que le aumentara la fe

Hay historias que no necesitan una vida larga para dejar una huella profunda. La historia de Rebeca Rocamora Nadal es una de ellas. Rebeca fue una joven española que murió cuando apenas tenía veinte años, pero durante su corta vida fue descubriendo una relación cada vez más profunda con Dios. No fue religiosa, no fundó ninguna obra, no recorrió el mundo como misionera y tampoco realizó grandes hazañas que aparecieran en los periódicos. Fue, sencillamente, una joven de pueblo, hija de una familia cristiana, amiga de muchas personas y catequista de niños en su parroquia. Sin embargo, precisamente en esa vida sencilla fue creciendo una fe que hoy hace que muchas personas se acerquen a conocer su historia. Actualmente es reconocida por la Iglesia como Sierva de Dios, porque su causa de canonización se encuentra abierta.

Rebeca nació el 7 de septiembre de 1975 en Granja de Rocamora, en Alicante. Desde pequeña fue una niña alegre, cercana y generosa. Su familia tuvo un papel importante en su formación cristiana y, como tantos otros niños de su generación, creció aprendiendo a rezar y participando en la vida de la parroquia. Pero cuando tenía solamente diez años apareció la enfermedad. Los médicos descubrieron que padecía un tumor en la hipófisis y tuvo que ser trasladada a Madrid, donde permaneció varios meses ingresada. Para una niña tan pequeña, aquella experiencia debió ser difícil y dolorosa. Sin embargo, quienes la conocieron recuerdan que aquella enfermedad no consiguió apagar su alegría. En medio de las dificultades comenzó a crecer en ella una confianza especial en Dios y una profunda devoción a la Virgen María.

Con el paso de los años, aquella niña fue convirtiéndose en una joven que quería compartir su fe con los demás. Después de recibir la Confirmación comenzó a colaborar como catequista, enseñando la fe a los niños de su parroquia. Esto tiene un significado especial porque Rebeca no esperó a tener una edad avanzada, una profesión importante o una posición especial dentro de la Iglesia para comenzar a servir. Ella entendió que cada cristiano puede ofrecer a Dios lo que tiene y desde donde se encuentra. Su lugar estaba en su familia, entre sus amigos y en su parroquia, y allí encontró una manera concreta de servir a Cristo.

Pero la enfermedad volvería a aparecer con mucha más fuerza. Durante los últimos años de su vida, Rebeca tuvo que enfrentarse nuevamente a una situación grave. Esta vez sabía que podía morir. Es fácil imaginar las preguntas que pudieron aparecer en su corazón. Tenía solamente veinte años y todavía tenía toda una vida por delante. Podía preguntarse por qué Dios permitía aquello, por qué no la curaba o por qué tenía que enfrentarse tan pronto a la muerte. Sin embargo, en medio de aquella situación aparece una de las frases más hermosas relacionadas con su vida. Cuando le aconsejaban que pidiera a Dios la curación, Rebeca respondía: «El Señor ya sabe que, si conviene, me la tiene que dar. Yo sólo le pido que me aumente la fe».

Estas palabras permiten comprender mucho de lo que había sucedido en su interior. Rebeca no estaba diciendo que no quisiera vivir ni que no deseara recuperar la salud. Lo que estaba diciendo era que confiaba en Dios incluso cuando no podía comprender sus planes. Podía pedir la curación, pero quería algo todavía más importante: tener una fe capaz de permanecer firme aun cuando la respuesta de Dios fuera diferente de lo que ella esperaba. Esa actitud recuerda profundamente la oración de Jesús en Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». La verdadera fe no consiste en creer que Dios siempre hará exactamente lo que nosotros queremos. Consiste en confiar en que Dios permanece con nosotros incluso cuando las cosas no suceden como habíamos pedido.

Por eso la frase de Rebeca tiene tanta fuerza para nosotros. Todos, en algún momento de nuestra vida, tenemos que enfrentarnos a situaciones que no podemos controlar. Pedimos que desaparezca una enfermedad, que se resuelva un problema familiar, que llegue un trabajo, que termine una dificultad o que una persona querida se recupere. Y cuando nuestra oración parece no ser escuchada, podemos sentir que Dios está lejos. La experiencia de Rebeca nos propone otra manera de rezar. Podemos pedirle a Dios que cambie nuestra situación, pero también podemos pedirle que cambie nuestro corazón para poder afrontar esa situación con fe. «Señor, si es posible, cambia esto que estoy viviendo; pero mientras tanto, aumenta mi fe para que pueda caminar contigo». Esa oración no elimina el sufrimiento, pero puede darle un sentido diferente.

La Virgen María ocupó también un lugar importante en la vida espiritual de Rebeca. Para ella, María era una madre a la que podía acudir en los momentos de dificultad. Y quizá por eso su figura resultaba tan cercana a una joven que estaba aprendiendo a aceptar caminos que no había elegido. María también tuvo que confiar sin comprenderlo todo. Tuvo que caminar en la fe, guardar muchas cosas en su corazón y permanecer junto a su Hijo incluso cuando el camino conducía hasta la cruz. Rebeca encontró en María un modelo de confianza y de entrega. Su devoción mariana no la alejaba de Cristo; al contrario, la llevaba hacia Él.

Rebeca murió el 26 de mayo de 1996, en la solemnidad de Pentecostés. Tenía solamente veinte años. Su vida había sido breve, pero había dejado una profunda impresión en quienes la conocieron. Su funeral reunió a numerosas personas y, con el paso del tiempo, su recuerdo no desapareció. Al contrario, comenzó a crecer el interés por conocer su vida y comprender mejor aquella joven que había afrontado la enfermedad con una fe tan particular. Años después se inició su causa de canonización y la Iglesia comenzó a estudiar su vida, sus virtudes y el testimonio de quienes la conocieron.

Es importante precisar que Rebeca Rocamora todavía no ha sido declarada beata ni santa. La Iglesia la reconoce actualmente como Sierva de Dios, que es una etapa dentro del proceso de canonización. La apertura de una causa no significa automáticamente que una persona vaya a ser canonizada, porque corresponde a la Iglesia estudiar cuidadosamente su vida, sus virtudes y, cuando corresponda, los posibles milagros atribuidos a su intercesión. Precisamente por eso su historia debe presentarse con respeto y sin atribuirle oficialmente aquello que todavía está en proceso de investigación.

Pero incluso mientras continúa su causa, el testimonio de Rebeca ya puede hablarnos al corazón. Su historia demuestra que la santidad cristiana no tiene necesariamente el rostro de una vida extraordinaria según los criterios del mundo. No fue famosa, no acumuló riquezas ni tuvo una larga trayectoria. Fue una joven que vivió con su familia, acudió a su parroquia, enseñó catecismo a los niños, sufrió una enfermedad y aprendió poco a poco a poner su vida en las manos de Dios. Su grandeza no estuvo en haber evitado el sufrimiento, sino en haber intentado vivirlo junto a Cristo.

Tal vez por eso su historia resulta especialmente cercana. Muchos cristianos no tienen una vida extraordinaria desde el punto de vista humano. Tienen problemas familiares, enfermedades, dificultades económicas, preocupaciones por los hijos, incertidumbre sobre el futuro y momentos en los que la oración parece no encontrar respuesta. Rebeca nos recuerda que Dios también puede encontrarnos allí. No hace falta estar en un convento, viajar a tierras lejanas o realizar grandes obras para comenzar un camino de santidad. Se puede comenzar en casa, en la familia, en el trabajo, en la parroquia, ayudando a un niño a conocer a Jesús o simplemente permaneciendo fieles a Dios cuando la vida se vuelve difícil.

Quizá el mensaje más hermoso que nos dejó Rebeca sea precisamente aquel que expresó cuando sabía que su vida estaba llegando a su final: «Yo sólo le pido que me aumente la fe». Es una oración sencilla, pero profundamente cristiana. Cuando no entendamos lo que ocurre, podemos pedir fe. Cuando tengamos miedo, podemos pedir fe. Cuando estemos cansados, podemos pedir fe. Cuando una enfermedad o una dificultad nos haga preguntarnos dónde está Dios, podemos pedir fe. Y cuando no sepamos qué hacer, podemos decir simplemente: «Señor, yo no entiendo tus caminos, pero quiero seguir confiando en ti».

Rebeca vivió solamente veinte años, pero una vida no se mide únicamente por la cantidad de años. También se mide por el amor que se entrega, por la fe que se conserva y por las personas a las que se ayuda a acercarse a Dios. Su historia nos recuerda que una vida aparentemente pequeña puede tener un significado enorme cuando se coloca en las manos de Dios. Rebeca no tuvo tiempo para hacer todo lo que probablemente había soñado, pero tuvo tiempo para amar, para servir, para enseñar, para sufrir y para confiar. Y quizá esa sea la razón por la que, tantos años después de su muerte, todavía haya personas que pronuncian su nombre y encuentran en ella una invitación a hacer la misma oración: «Señor, aumenta mi fe».

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