El poder necesita límites
Quiero contarles hoy la historia de un hombre que vivió hace varios siglos, John Cotton, un clérigo puritano nacido en Inglaterra en 1584, en una época en la que religión, política y organización social estaban profundamente relacionadas. Pero más que detenernos en su biografía, quiero hablar de una de las ideas que defendió y que, aun después de tantos siglos, conserva una enorme actualidad: el poder humano necesita límites.
Cotton observaba algo muy propio de la naturaleza humana: cuando una persona recibe poder, existe siempre el peligro de que termine utilizando más poder del que originalmente se le concedió. Por eso dejó una advertencia muy fuerte: «Que todo el mundo aprenda a no conceder a los hombres más poder del que estaría dispuesto a permitirles ejercer». Y vale la pena pensar seriamente en estas palabras. Es fácil conceder autoridad cuando creemos que la persona que la recibe es buena, prudente y comparte nuestros principios. El verdadero problema aparece cuando esa autoridad pasa a manos de alguien diferente.
Por eso una sociedad prudente no debería preguntarse únicamente quién tiene el poder. También debería preguntarse cuánto poder tiene, para qué se le concedió y cuáles son los límites que no puede sobrepasar. Porque una autoridad sin límites puede terminar convirtiéndose en algo muy distinto de aquello para lo que fue establecida. Lo que comenzó como una facultad legítima puede transformarse progresivamente en una prerrogativa cada vez mayor.
Cotton utilizaba una imagen extraordinaria para explicar esta realidad. Comparaba el poder con el mar. El mar puede ser inmenso, poderoso y amenazante; sin embargo, incluso unos pequeños bancos de arena pueden contener sus aguas. La imagen es sencilla, pero profundamente significativa: los límites no existen necesariamente para destruir la autoridad, sino para impedir que la autoridad se convierta en abuso.
Y esto no se aplica solamente al poder político. También se aplica a las instituciones, a las autoridades religiosas, a los jueces, a los gobernantes, a los padres de familia, a los maestros y a cualquier persona que tenga responsabilidad sobre otros. Quien tiene autoridad debe conocer también los límites de esa autoridad. Porque la verdadera autoridad no consiste en poder hacer todo lo que uno quiere, sino también en saber hasta dónde puede llegar y dónde debe detenerse.
Aquí aparece el fundamento religioso del pensamiento de Cotton. Él recordaba las palabras del profeta Isaías: «El Señor es nuestro Juez. El Señor es nuestro Legislador. El Señor es nuestro Rey». Para él, ningún gobernante humano podía ocupar el lugar de Dios. El rey no era Dios. El magistrado no era Dios. La institución no era Dios. El hombre que recibe autoridad continúa siendo un hombre y, precisamente por eso, permanece sometido a una ley superior.
Esta idea contiene una consecuencia muy importante: que una persona tenga poder no significa que tenga derecho a utilizarlo de cualquier manera. La capacidad de hacer algo y la legitimidad para hacerlo no son necesariamente la misma cosa. Una autoridad puede tener determinadas facultades, pero esas facultades tienen un propósito y unos límites.
Cotton advertía también que cuando una persona intenta extenderse más allá de los límites que Dios le ha concedido, ese supuesto aumento de poder puede terminar convirtiéndose en una carga y en una trampa. Y aquí encontramos una paradoja muy interesante: los límites no solamente protegen al que obedece; también protegen al que manda. Protegen al ciudadano frente al gobernante, pero también protegen al gobernante frente a la tentación de convertirse en dueño absoluto de aquello que solamente le fue confiado.
Esto nos lleva a una reflexión todavía más profunda. Todos nosotros, de una manera u otra, ejercemos algún tipo de autoridad. Un padre tiene autoridad sobre sus hijos; un maestro sobre sus alumnos; un juez sobre quienes comparecen ante él; un sacerdote sobre una comunidad; un funcionario sobre los ciudadanos; un gobernante sobre una nación. Y en cada uno de esos casos existe una responsabilidad moral: ¿qué hacemos con la autoridad que hemos recibido?
Para una persona creyente, la pregunta no debería ser solamente «¿tengo autoridad?», sino «¿cómo estoy utilizando la autoridad que Dios ha permitido que tenga?». Porque quien comprende que la autoridad es un servicio entiende también que tiene límites. Y quien comienza a pensar que su autoridad es absoluta empieza a olvidar una verdad fundamental: ningún ser humano es dueño absoluto de otro ser humano.
Por eso las palabras de Cotton adquieren una fuerza especial cuando las contemplamos desde la fe: «El Señor es nuestro Juez, nuestro Legislador y nuestro Rey». Por encima de cualquier autoridad humana existe una autoridad superior. Y recordar esto puede ser precisamente una de las mejores defensas contra la soberbia, la arbitrariedad y el abuso del poder.
Al final, la cuestión no es solamente quién gobierna, quién manda o quién posee autoridad. La cuestión fundamental es qué hacemos con el poder que se nos ha confiado y si somos capaces de reconocer el límite que no debemos cruzar. Porque el poder puede ser un instrumento para servir, pero cuando pierde sus límites puede convertirse en una amenaza. Y quizá por eso, después de tantos siglos, aquella antigua advertencia sigue teniendo tanta fuerza: el hombre necesita autoridad, pero la autoridad humana necesita límites.
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