Historia, fe y reflexión sobre el testimonio de William Edward Hartpole Lecky

Jesucristo: el principio de regeneración que ha sobrevivido a los pecados de la Iglesia.

«En medio de todos los pecados y faltas, en medio de toda la persecución y el fanatismo que han desfigurado a la Iglesia, esta ha conservado, en el carácter y el ejemplo de su fundador (Jesús), un principio perdurable de regeneración.» William Edward Hartpole Lecky


Hay una paradoja en la historia del cristianismo que merece ser contemplada con detenimiento: la Iglesia ha atravesado siglos de conflictos, persecuciones, ambiciones humanas, fanatismos y escándalos, pero la figura de Jesucristo continúa ejerciendo una influencia moral y espiritual que trasciende las épocas. ¿Cómo explicar que una religión cuyos miembros han cometido tantos errores siga encontrando en su fundador una fuente inagotable de renovación?

El historiador irlandés William Edward Hartpole Lecky (1838-1903), conocido por sus estudios sobre la historia de la moral europea, formuló una reflexión particularmente reveladora sobre esta cuestión. A pesar de no escribir desde una posición de apologista católico, reconoció la extraordinaria capacidad regeneradora que la figura de Jesús había conservado a lo largo de los siglos.

Lecky observa que, entre los pecados y las faltas humanas, entre las persecuciones y los fanatismos que han desfigurado la historia de la Iglesia, ha sobrevivido en el carácter y el ejemplo de su fundador un principio permanente de regeneración.

La afirmación encierra una distinción fundamental: una cosa es la conducta histórica de los cristianos y otra, el ideal moral que representa Jesucristo.

La paradoja de una Iglesia hecha de hombres

La historia de la Iglesia no puede narrarse honestamente como una sucesión ininterrumpida de virtudes. En ella encontramos santos y pecadores, mártires y perseguidores, hombres entregados al servicio de los demás y otros que utilizaron la religión para alcanzar poder o satisfacer sus ambiciones. Negar esa realidad sería renunciar a la verdad histórica.

Pero tampoco sería justo reducir dos mil años de cristianismo a sus episodios más oscuros. Junto a las contradicciones humanas encontramos hospitales, obras de caridad, instituciones educativas, comunidades dedicadas a los pobres, misioneros que arriesgaron la vida y personas que entregaron todo cuanto tenían por amor al prójimo.

Lo que hace especialmente interesante la observación de Lecky es que no necesita negar las faltas de los cristianos para reconocer la fuerza moral de Jesucristo. Por el contrario, parte de esas mismas faltas para señalar que el ejemplo del fundador ha conservado su capacidad de renovación.

En otras palabras, los errores de los cristianos no han conseguido borrar por completo la exigencia moral contenida en el Evangelio. Cada vez que un cristiano actúa movido por el orgullo, la crueldad o el deseo de dominar, sus actos pueden ser juzgados a la luz de las enseñanzas de aquel que mandó amar incluso a los enemigos.

Y esa posibilidad de juzgar a la propia comunidad a partir de un ideal superior constituye una de las fuerzas más importantes de la tradición cristiana.

Un fundador que invirtió la lógica del poder

Para comprender la singularidad de Jesucristo hay que recordar el carácter de su enseñanza. En un mundo donde la autoridad se manifestaba frecuentemente mediante la fuerza, el rango y la dominación, Jesús presentó una concepción radicalmente distinta de la grandeza.

«El que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro servidor» (Mt 20,27).

Esta inversión de los valores habituales no fue una idea abstracta. Se expresó en su cercanía a los enfermos, su compasión por los pecadores, su atención a los marginados y su disposición a perdonar. En lugar de presentar la superioridad como un privilegio para imponerse sobre los demás, la vinculó al servicio.

También introdujo una exigencia especialmente incómoda para quienes pretenden utilizar la religión como instrumento de poder: la conversión comienza por uno mismo. Antes de corregir la falta ajena, el hombre debe examinar su propia conciencia. Antes de proclamarse justo, debe reconocer su necesidad de misericordia.

Por eso, el cristianismo contiene una crítica permanente contra sus propias deformaciones. Ningún título, cargo o posición religiosa convierte automáticamente a una persona en un reflejo fiel de Cristo. La medida última no es la apariencia de santidad, sino la fidelidad a la verdad, la justicia, la humildad y la caridad.

La regeneración: volver a empezar

La palabra regeneración, empleada en el pasaje de Lecky, merece especial atención. No significa simplemente corregir algunas costumbres ni mejorar superficialmente la conducta. En el horizonte cristiano, remite a una transformación más profunda del corazón humano.

El Evangelio no presenta al hombre como alguien condenado a permanecer para siempre bajo el peso de sus errores. Le ofrece la posibilidad de arrepentirse, recibir el perdón y comenzar de nuevo. Pedro negó a Jesús, pero su historia no terminó en aquella negación. Pablo persiguió a los cristianos antes de convertirse en uno de los grandes apóstoles. La tradición cristiana está llena de vidas transformadas por el encuentro con Cristo.

Esta es precisamente la fuerza de un principio regenerador: no consiste en afirmar que nunca hubo caída, sino en sostener que la caída no tiene por qué ser la última palabra.

La misma posibilidad se extiende a las instituciones y a las comunidades. Una Iglesia puede necesitar purificación, reforma y reconocimiento de sus errores. Pero esa renovación solo será auténtica si vuelve a la fuente de la que procede su misión: Jesucristo y su Evangelio.

La regeneración no consiste en justificar los pecados del pasado ni en ocultar las injusticias cometidas. Consiste en reconocerlos, reparar en lo posible sus consecuencias y recuperar la fidelidad al ideal traicionado.

¿Por qué sigue vivo el ejemplo de Cristo?

Más de veinte siglos después de su aparición histórica, Jesucristo continúa ocupando un lugar excepcional en la conciencia de la humanidad. Su figura interpela tanto al creyente como al historiador, al filósofo y a quien contempla la historia desde fuera de la fe.

Su influencia no se explica únicamente por las instituciones que se formaron en su nombre. También reside en la persistencia de una enseñanza que sigue cuestionando las ambiciones humanas: amar al enemigo, perdonar al ofensor, servir al débil, renunciar a la hipocresía y reconocer la dignidad de quien parece no tener importancia ante los ojos del mundo.

Estas exigencias no pierden su fuerza cuando quienes las proclaman dejan de cumplirlas. Al contrario, su incumplimiento hace más evidente la distancia entre el ideal y la realidad.

Un cristiano que actúa con crueldad contradice el mandato de amar. Una institución que encubre una injusticia contradice la exigencia de verdad. Una comunidad que desprecia al débil contradice el ejemplo de quien se acercó a los pequeños y olvidados.

El fracaso humano no convierte automáticamente en falso el ideal traicionado. Pero sí obliga a preguntarse si quienes dicen seguirlo están dispuestos a vivir conforme a él.

Aquí se encuentra el núcleo de la reflexión de Lecky: el fundador del cristianismo ha conservado una fuerza moral capaz de sobrevivir incluso a las acciones de quienes han oscurecido su mensaje.

Una lección para nuestro tiempo

La observación del historiador irlandés conserva su relevancia porque vivimos en una época inclinada a juzgar las ideas a partir de los defectos de quienes las representan. Cuando una persona o una institución fracasa, resulta tentador considerar que todo cuanto defiende carece de valor.

Sin embargo, una evaluación rigurosa exige distinguir entre los principios y la conducta de quienes afirman defenderlos. Esa distinción no exime a nadie de responsabilidad; permite, más bien, juzgar sus actos con mayor claridad.

El cristianismo no necesita negar sus páginas dolorosas para encontrar motivos de esperanza. Necesita mirarlas de frente y preguntarse cuánto se alejaron sus protagonistas de las enseñanzas de Cristo. La memoria de los santos, los mártires y quienes sirvieron silenciosamente a los demás demuestra, al mismo tiempo, que la fidelidad al Evangelio no ha sido una aspiración imposible.

En última instancia, la fuerza regeneradora del cristianismo se manifiesta cuando el hombre deja de utilizar a Dios para justificar sus propios deseos y comienza a permitir que las enseñanzas de Cristo juzguen, corrijan y transformen su vida.

La pregunta decisiva, por tanto, no es si los cristianos han cometido errores. La historia demuestra que sí. La pregunta es si todavía existe en Jesucristo una fuente de verdad y de renovación capaz de llamar al hombre a levantarse después de sus caídas.

Para Lecky, esa fuente ha permanecido viva a través de los siglos.

Y quizá ahí resida una de las paradojas más profundas de la historia cristiana: la Iglesia ha sido desfigurada muchas veces por las debilidades de sus miembros, pero la figura de Cristo ha seguido siendo el criterio con el que esas mismas debilidades pueden ser reconocidas, juzgadas y superadas.

Porque la esperanza cristiana no consiste en afirmar que el hombre nunca cae. Consiste en creer que, incluso después de la caída, la conversión sigue siendo posible.

Y mientras el Evangelio continúe invitando al hombre a amar, perdonar y comenzar de nuevo, permanecerá abierta esa posibilidad de regeneración.

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