Salmo 59 (60)

Acerca del epígrafe véase Salmos 44, 1; 56, 1 y notas. Los versículos 8-14 de este Salmo se repiten exactamente al final del Salmo 107, cuya primera parte está formada del Salmo 56, 8-12, lo cual puede por tanto ayudar para el estudio del presente.

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Salmo 58 (59)

Acerca del epígrafe, véase Salmo 56, 1 y nota. La situación histórica a que se refiere este título es
la descrita en I Reyes 19. Saúl, que en su odio contra David había intentado coserlo a la pared con una
lanza, mandó después soldados para asesinarlo en su propia casa, logrando David escaparse con el
auxilio de su mujer Micol

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Salmo 57 (58)

Acerca del epígrafe véase Salmo 56, 1 y nota. En este Salmo impetuoso y sarcástico el poeta
apostrofa, como en el Salmo 81, a los magistrados inicuos, y les anuncia, como dice Ubach, “la alegría
que sentirá el justo el día en que se haga manifiesta, con su duro castigo, la existencia de un Dios que
hace justicia en la tierra”

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Salmo 56 (57)

No destruyas, indica probablemente el título de la melodía. Sobre Miktam cf. Salmo 15, 1 y nota. Aquí parece significar himno recordatorio. Según la Vulgata: “para inscribirse en una columna”. Salmo parecido al anterior en fondo y forma, y no menos sublime en los sentimientos. La cueva que aquí se menciona puede ser la de Odollam (I Reyes 22, 1 ss.), o más bien la de Engaddí (I Reyes 24, 1 ss.). David que confía siempre, y cuya confianza nunca sale fallida, entona durante aquella noche (cf. versículo 9) esta suprema apelación de amparo, cuando su vida pendía de un hilo.

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Salmo 55 (56)

El epígrafe indica probablemente el poético nombre de una canción que se traduce también: “Paloma de los lejanos terebintos” (Jonat élem rehoquim). y haría pensar en las nostalgias espirituales del Cantar. Contiene este Salmo la súplica —pronto seguida por la ardiente gratitud— de David, cuando los filisteos de Gat lo prendieron (I Reyes 21, 10-15). El rey se hallaba escondido en el país de los filisteos, donde su único consuelo era su arpa, en cuyas cuerdas traducía las angustias de su alma afligida.

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Salmo 54 (55)

Trascienden a través de estas estrofas las ansiedades que David experimentó en los días más tristes de su vida, cuando los enemigos, entre ellos probablemente también su hijo Absalón (versículo 14), sembraban desolación y ruina en las calles de Jerusalén. En sentido típico este Salmo de tan dolorosas experiencias se aplica a Jesucristo vendido por Judas (versículo 14 y nota). Las palabras entre corchetes son un agregado que alarga el estiquio y no añade, antes bien quita fuerza a la expresión.

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Salmo 53 (54)

El título indica que David compuso este Salmo cuando moraba fugitivo entre los cifeos, y éstos, para congraciarse con Saúl, lo traicionaron. Pone el santo rey, como siempre, toda su confianza en Dios, y sabemos que, como siempre, Su providencia vino en su auxilio y le salvó milagrosamente por una irrupción de los filisteos, que obligaron a Saúl a retirarse (I Reyes 23, 19 s.)

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Salmo 52 (53)

Con pocas diferencias, este Salmo es el mismo que el Salmo 13. Véase las notas de aquél. Es oscura la significación de Mahalat, palabra que no se encuentra en ese Salmo paralelo y que los exégetas modernos explican como indicación de una melodía triste.

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Salmo 51 (52)

Perseguido por Saúl, David se había refugiado en Nobe, donde estaba el Tabernáculo y
donde el Sumo Sacerdote Aquimelec lo acogió y proveyó de pan y armas. Denunció este hecho a Saúl
el idumeo Doeg, quien fue entonces encargado por aquél de dar muerte a Aquimelec y a otros
ochenta sacerdotes, lo que realizó del modo más repugnante contra aquel modelo de pastor (I Reyes
22, 6 ss.). David, enterado por Abiatar del infame suceso, habría dirigido aquí su indignado apostrofe
y su confianza en Dios vengador.

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Salmo 50 (51)

Este Salmo, el celebérrimo “Miserere de David” (el 4° de los siete Salmos penitenciales), es la expresión más perfecta de contrición, la confesión más sincera de un corazón arrepentido, la manifestación más profunda de un alma que no busca su propia justicia sino la que nos viene de Dios, según enseña San Pablo (Filipenses 3, 9 s.). Por esto resulta, a la vez que la más alta alabanza de la misericordia de Dios, un himno de gratitud y confianza

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