El Hacer

Había una vez un discípulo que deseaba mucho adquirir la iluminación. Para lograrlo se puso a estudiar a los antiguos sabios.

Leyó antiguas escrituras. Preguntó a grandes maestros. Viajaba y estudiaba y no descansaba en ningún lugar. Sus sacrificios, a veces, eran verdaderos suplicios.

Empezó a decir a todos lo que él había conseguido. Sus palabras eran muy eruditas. El discípulo se decía a sí mismo que era un sabio. Su hablar era impresionante.

Un día, conoció a un gran maestro. Estaba sentado en la cumbre de la montaña sagrada, y miraba hacia un valle verde y lleno de vida.

Maestro, le dijo, quiero que evalúes mi sabiduría, la he adquirido con mucho esfuerzo. Lo puedo comprobar con las innumerables conferencias que he dictado; el sin número de hojas que he escrito.

El maestro le preguntó: -¿hablas mucho sobre iluminación?

-Sí maestro contestó. Todo el tiempo.

-¿Cuáles son los frutos de tu iluminación? Replicó el maestro.

-No lo sé, por eso te pregunto.

Es que, «no es lo que dices sino lo que haces lo que define quién eres. Recuerda. Un perro no es un buen perro, sólo porque ladra bien».

No es lo que dices, sino lo que haces. Recuerda a aquel sabio que dijo, «para ser, es necesario hacer«. Y aquel otro, que llegó del otro lado del mar caminando sobre las aguas, cuando se refería a los antiguos sacerdotes: «hagan lo que dicen, no lo que hacen»

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