IV Domingo de Pascua

Abril 26, 2026

Hechos 2, 14a. 36-41 Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 1 Pedro 2, 20b-25 Juan 10, 14

IV Domingo de Pascua

El Señor es mi pastor, nada me faltará. Aleluya.

El versículo Evangelio de Juan 10,14 —“Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y las mías me conocen”— condensa, en una frase breve, una de las afirmaciones cristológicas más densas del cuarto evangelio. Aquí, Cristo no solo se presenta como guía, sino como aquel que establece una relación personal, íntima y salvífica con los suyos.

Desde la doctrina católica, este “conocer” no es meramente intelectual. En la Sagrada Escritura, conocer implica comunión de vida, una participación real en el ser del otro. Así, Cristo conoce a sus ovejas porque las ama, las llama por su nombre y las conduce a la vida eterna. Este conocimiento es eficaz: no se limita a identificar, sino que salva. Es el conocimiento propio de Dios, que crea, sostiene y redime.

Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de Juan, subraya que este conocimiento mutuo entre Cristo y los fieles tiene su raíz en la Trinidad misma. Así como el Padre conoce al Hijo y el Hijo conoce al Padre, del mismo modo —por participación— Cristo conoce a los suyos. No se trata de una analogía superficial, sino de una participación real, aunque imperfecta, en la vida divina. Para Tomás, el conocimiento que Cristo tiene de sus ovejas es doble: uno natural, por el cual conoce a todos los hombres como Dios; y otro especial, por el cual conoce a los predestinados como suyos, en orden a la salvación.

Este matiz es clave en la teología tomista: no todos los hombres pertenecen al redil en el mismo sentido. Hay un conocimiento universal (Dios conoce a todos), pero hay también un conocimiento de predilección, que implica gracia, elección y destino eterno. En este contexto, “mis ovejas” son aquellas que escuchan su voz, es decir, que acogen la gracia y perseveran en ella.

Por otra parte, cuando el Señor afirma que “las mías me conocen”, se introduce la dimensión de la respuesta humana. Para Santo Tomás de Aquino, este conocimiento del fiel hacia Cristo no es perfecto en esta vida, pero es verdadero: se realiza por la fe, que es un conocimiento oscuro pero cierto, y por la caridad, que une al alma con Dios. En otras palabras, el cristiano conoce a Cristo en la medida en que cree en Él y lo ama.

La figura del “buen pastor” también implica sacrificio. Aunque el versículo 14 no lo menciona explícitamente, el contexto inmediato (Jn 10,11) habla del pastor que da la vida por sus ovejas. Aquí se revela el núcleo de la redención: Cristo no solo conoce, sino que se entrega. El conocimiento amoroso culmina en la cruz. Para la teología católica, esto no es un gesto simbólico, sino un acto real de satisfacción por los pecados del mundo.

En síntesis, este versículo presenta tres niveles profundamente unidos:

  • Un conocimiento divino que elige y salva
  • Una relación personal que implica amor y pertenencia
  • Una respuesta humana fundada en la fe y la caridad

Así, la imagen del pastor no es una metáfora pastoral ingenua, sino una revelación del misterio mismo de Cristo: Dios que conoce, ama, llama y conduce a cada alma hacia la vida eterna.

 

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