Un Frío Persistente
Si la vejez es fría, la muerte es más todavía ... Del refranero popular
En julio de 1997, una mujer llamada Sue Hieber escribió a FATE magazine sobre una experiencia extraña que había tenido más de 30 años antes.
«Cuando mi esposo y yo nos mudamos a una vieja casa en Peoria, Illinois, en 1965», escribió Hieber, «notamos una corriente fría en la habitación: seguimos aquel frío hasta el vestidor de la habitación y descubrimos que allí, en el techo, se había dejado al descubierto una escotilla hacia el ático. Mi esposo se subió a un montón de quebradizos muebles para alcanzar la abertura, y logró colocar la pesada tapa de la escotilla en su lugar».
Pero esa corriente fría regresó. A la mañana siguiente, Hieber y su esposo se despertaron con el mismo aire frío y lo rastrearon hasta la misma fuente: la escotilla abierta del ático. El esposo de Hieber atribuyó el desplazamiento de la cubierta a las vibraciones de un paso de tren cercano, pero Hieber sospechaba una causa más sobrenatural.
«Le decía a mi esposo que sentía una ‘presencia‘ en la habitación y que simplemente no quería que cerrara el ático», explicó. «Sentí que la presencia no nos dañaría, si mi esposo la dejaba en paz»
El esposo de Hieber no estaba dispuesto a creer en fantasmas y no se resignó a dormir en una habitación helada. Después de cinco noches de mover la puerta de 30 libras solo para despertar nuevamente por e l frío, entonces, decidió poner en práctica, lo que él creía que sería la solución final. Una noche entró en el armario, tiró de la tapa sobre la abertura y luego clavó varias cuñas largas y resistentes por cada uno de los cuatro lados. El esposo de Hieber le dijo a FATE magazine que, su comentario a su esposa fue: «Bueno, veamos a tu fantasma si puede abrir esto»
Por supuesto que pudo
A la mañana siguiente, los Hieber se despertaron con la corriente de aire helado, y con un extra un poco más dramático. La pesada cubierta de madera, que había sido tan bien clavada, había sido arrancada de su lugar y arrojada a seis metros o más, hacia el rincón más alejado del ático. Las cuñas no se habían quitado primero, sino que habían sido rasgadas a través de la madera lateralmente y tan silenciosamente que las dos personas que dormían a solo unos metros de distancia nunca escucharon nada.
El escéptico esposo de Hieber nunca admitió haber cambiado de opinión acerca de la posibilidad de fantasmas, pero sí anunció ese día que no podía vivir en una casa «con corrientes de aire que no se quitan».
Se mudaron lo más pronto posible.
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- 𝘌𝘭 𝘓𝘢𝘵𝘪𝘥𝘰 𝘖𝘤𝘶𝘭𝘵𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘈𝘳𝘳𝘰𝘺𝘰
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