La Tercera Roma: Moscú

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La concepción filosófica “Moscú es la tercera Roma” tiene origen luego de la caída de Constantinopla en 1453. Ya no quedaban gobiernos cristianos orientales soberanos además de Moscú: en la segunda mitad del siglo XV los territorios de Serbia y Bulgaria, que también veían en sus capitales a la “tercera Roma” Moscú quedaron bajo el poder del Imperio Turco.

Con la “transición religiosa del imperio” de Constantinopla a Moscú surgió la necesidad de la herencia política del Imperio Bizantino. De la mano fácil de las autoridades de la Iglesia surgieron leyendas acerca de la descendencia de los Rurik (la primera dinastía rusa) del mismo Emperador Augusto cuyo poder tenía origen divino. Esto sirvió también para justificar el origen divino del poder de los monarcas en adelante. Esto fue potenciado con el matrimonio de Iván III con Sofía Paleolog (ultima de la dinastía de los emperadores Bizantinos) y la incorporación del título de zar y la insignia Bizantina (el Halcon de dos cabezas). El zar de todo Rusia ahora no solo era un líder político, sino también un garante de la conservación de las tradiciones religiosas y los principios morales.

Aunque la teoría como tal apareció luego de la muerte de Iván III. Su aparición es en el siglo XVI y tradicionalmente su autor es Filofei un monje de un monasterio de Pskov. El autor de la teoría demostraba que Moscú, el Estado ruso y el poder de los knyaz (los reyes) son los verdaderos herederos de Roma y la antigua Bizancio.

La leyenda cuenta que, la primera Roma fue arruinada por el catolicismo, la segunda Roma (Constantinopla) se hundió en el pecado y por castigo de Dios fue conquistado por los turcos. Ahora solo Moscú, cristiana ortodoxa puede ser la guardia mundial del autentico cristianismo. El gobierno ruso debe cumplir con su misión universal: salvar al mundo de distintas herejías. Filofei modestamente afirmaba que la caída del estado ruso llevaría al fin del mundo ya que “la cuarta Roma” no podía existir.

El primero en llamar Tercera Roma a Moscú fue el monje ortodoxo Filoféi, que entre 1523 y 1524 escribió varias epístolas al Gran Príncipe moscovita en la que instaba a luchar contra las herejías. En opinión del monje, el principado moscovita era el último bastión de la verdadera fe. “Todos los imperios cristianos llegaron a su fin y se reunieron bajo el reinado unificado de nuestro soberano”, afirmó Filoféi en una de las epístolas. “Dos Romas cayeron, la tercera se mantiene en pie, y no habrá una cuarta”, dice.

En la terminología usada por Filoféi, la primera Roma fue la capital del Imperio romano, que gobernó sobre decenas de pueblos. En el siglo IV, el cristianismo se convirtió de forma gradual en la religión dominante del Imperio, de orígenes paganos.

La sucedió Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, donde, tras la división del cristianismo entre ortodoxos y católicos (año 1054), se afianzó la iglesia ortodoxa. Desde el punto de vista de los cristianos del este, la Roma católica cayó, al ser presa de la herejía, y Constantinopla se convirtió en la capital del auténtico mundo cristiano, en la “segunda Roma”.

Tras la conversión al cristianismo del estado ruso en el siglo X, los rusos reconocieron la autoridad del emperador bizantino como protector de todos los cristianos, como señala la historiadora Svetlana Lurie. Pero, al cabo de varios siglos, también cayó la Segunda Roma. En 1453 el Imperio otomano conquistó Constantinopla, debilitada por crisis políticas y le cambió el nombre por el de Estambul. Moscú se convirtió entonces en la principal capital ortodoxa, que entre los siglos XV y XVI unificó las fragmentadas tierras rusas.

Algunos comentan que la segunda Roma es la única que desapareció, ya que la primera es eterna, y la tercera sigue iluminando.

 

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