DICHOSOS LOS QUE PUDIERON
HOSPEDAR AL SEÑOR EN SU PROPIA CASA
San Agustín, Sermón 103 (2-5.6)
Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por el parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas le servían durante su vida mortal con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una criatura al Creador. Le dio hospedaje para alimentar corporalmente a aquel que la había de alimentar con su Espíritu. Pero que nadie de nosotros diga: «Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa». No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.
Marta, mientras disponía y preparaba la mesa del Señor, se multiplicaba para dar abasto con el servicio; su hermana María prefirió ser alimentada por el Señor. Abandonó en cierto modo a su hermana que se afanaba, ocupada en una multitud de servicios, se sentó a los pies del Señor y escuchaba atenta su palabra. Con oído fidelísimo había oído decir: Vacad, reconoced que yo soy Dios. Aquélla se turbaba, ésta se alimentaba; aquélla se afanaba en muchas cosas, ésta se concentraba en una sola. Interpela Marta a su huésped y pone ante el juez la demanda de sus piadosas quejas: que su hermana la ha dejado sola con el servicio y no se ha dignado echarle una mano en el trabajo de la casa. Como María, aunque presente, no responde, el Señor dicta la sentencia. ¿Y qué es lo que dice? Marta, Marta. La repetición del nombre es indicio de amor o también una invitación a prestar atención. De hecho, para que escuche con mayor atención, la llama dos veces. Marta, Marta, escucha: Tú te ocupas de tantas cosas, cuando basta con una, es decir, sólo una es necesaria, y es la que ha escogido María.
María ha escogido la parte mejor. La tuya, Marta, no es mala, pero la suya es mejor. ¿Por qué es mejor? Porque no se la quitarán. Y esto es lo que ha elegido María: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí alcanzará su plenitud y perfección lo que aquí ha elegido María, la que recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá? Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que los hará sentar a la mesa y pasará y les servirá. ¿Qué significa «pasará y les servirá»? Primero pasa y luego sirve. Pero ¿dónde? En aquel banquete celestial, del que dice: Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Allí es el Señor el que alimenta, pero antes pasa por aquí, pues como sabéis, Pascua significa tránsito. Vino el Señor: hizo cosas divinas, padeció las humanas. Pasó. Pues así habla el evangelio, cuando Jesús celebró la Pascua con sus discípulos. ¿Qué es lo que dice el evangelio? Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre… Así pues, pasó él para alimentarnos; sigámosle nosotros para ser alimentados.
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