Historia de Fray Diostedé y La Mano Negra Quito

La Leyenda de La Mano Negra en Quito

Me han contado muchas historias o leyendas de Quito, la hermosa capital de Ecuador. Casi todas las he escuchado cuando era un niño, aunque algunas las oí después en un programa de HCJB, la Voz de los Andes, en las madrugadas no tan frías de mi natal Cuenca. No, no, ya había internet, aunque muy primitivo, pero a mí me gustaba mucho escuchar la onda corta de la emisora quiteña.

Pero a todo esto, resulta que hace unos días me contaron una leyenda quiteña que nunca había llegado a mis oídos: La Mano Negra. Una leyenda muy interesante que intentaré a continuación resumir, sin que pierda su esencia. Sobra decir que desconozco a su autor y si en realidad es una leyenda antigua de la Carita de Dios.

Fray Diostedé, hermano franciscano del convento de San Francisco de Quito, era un hombre joven y humilde que gustaba de acudir a la iglesia para rezar al Señor de señores. Un muchacho muy devoto, pero que guardaba un secreto mortal en su corazón, de esos amores que quizás se los deje a un lado, pero nunca se los olvida. Aún así, el joven sacerdote rezaba el rosario y leía su libro de visitas al Santísimo de san Alfonso María de Ligorio.

Una noche, el sueño empezó a ganarle a fray Diostedé, y mientras recitaba un Ave María, sus ojos se cerraban y su conciencia parecía perderse en la oscura y misteriosa del templo. De un solo golpe, abrió los ojos al escuchar un ruido en la parte posterior; era como si las bancas se alzaran en una ola y se calmaran nuevamente. Miró atrás, vio adelante. Dudó por un momento, pero se dijo a sí mismo: «ya estoy cansado, será mejor que me vaya».

La noche siguiente, fray Disotedé nuevamente empezó a cabecear por el excesivo sueño. Al final, los días eran largos y, entre rezos y trabajos en la huerta, la limpieza y atender a los devotos consumían a cualquier hombre fuerte; y ahora, además, rezar más frente a nuestro Señor para calmar la angustia del secreto. Otra vez, un fuerte ruido lo despertó; ahora estuvo más cercano y logró ver un bulto negro que formaba el aspecto de un pulpo y expulsaba cierto olor. Demás está decir que el joven sacerdote dio un salto de susto e intentó huir, pero ese ente misterioso y terrorífico no se lo permitía. Si iba a la derecha, el monstruo lo seguía; si volteaba hacia la izquierda, ahí lo encontraba. Pero esa noche, de alguna manera extraordinaria, logró escapar.

Según la promesa que había hecho, la noche siguiente fray Diostedé volvió a rezar su rosario; él pensaba que era solo creación de su mente y lo más seguro, era un simple sueño. Sin embargo, después de un momento de iniciado el rezo, escuchó una voz retumbante en toda la nave central del templo. Otra vez el susto casi le ocasiona un paro al corazón. El padre franciscano enseguida preguntó: ¿Quién está allí? ¿Qué quieren de mí? No obtuvo respuesta, solo volvió a mirar aquella sombra negra que llamaba de una forma mental, quizá telepática y decía que la siga, que ella es buena, que solo así podría llenar el vacío de su corazón.

El joven sacerdote no creía que era un sueño, pero sí que tenía una enorme curiosidad para saber de que se trataba esa llamada. Le contó a su mejor amigo sobre sus experiencias en la iglesia, pero su amigo solo le dijo que era una vieja leyenda, pero solo eran cuentos de viejas beatas, que era una locura creer en esas cosas.

La siguiente noche, fray Diostedé fue a la iglesia, más que para rezar, era para saber que pasa con la sombra en forma de mano negra. Llegó y se sentó en el lugar habitual, sacó su devocionario y empezó a rezar, pero también, se mantenía atento a lo que pasaba: se dijo, soy capaz de escuchar a un gato en la plaza, y mientras reía para si mismo, la sombra lo cubrió con una nueva llamada. La curiosidad lo llevó a investigar, pero mientras más se acercaba a la sombra, más se retiraba, era como si no podía tocarla, como que su ser era volátil y lejano; por fin llegó junto al cementerio de los frailes y justo en la entrada se abrió una puerta de piedra, algo muy extraño y que nunca la había visto. En un momento el joven sacerdote se sintió como volando, parecía que el suelo no sostenía sus pies y poco a poco se hundía en aquella abertura. Entró en las sombras y empezó a sentir cierto calor…

Su amigo lo había ido a buscar y desde la puerta de la sacristía pudo oír que fray Diostedé decía: «está muy caliente ¿por qué está caliente?» mientras se desvanecía en la pared lateral de la iglesia. Desde esa noche, nunca se lo volvió a ver, pero alguna vez se oye en el templo una llamada que se pierde en lo sordo de su voz…

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