Una de las historias más entrañables del San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, tiene como protagonista a un campesino muy sencillo.
Cada mañana, antes de comenzar su jornada, un anciano entraba en la iglesia de Ars. No llevaba libros de oraciones ni rezaba en voz alta. Simplemente se sentaba frente al sagrario durante largo rato.
El Cura de Ars comenzó a observarlo y un día, con curiosidad, le preguntó:
—¿Qué hace usted durante tanto tiempo delante del Señor?
El campesino sonrió con sencillez y respondió:
—Nada especial, padre. Yo lo miro… y Él me mira.
Aquellas pocas palabras conmovieron profundamente a san Juan María Vianney. Comprendió que aquel hombre, sin grandes conocimientos de teología, había descubierto el corazón de la oración contemplativa: permanecer en la presencia de Dios con confianza y amor.
Desde entonces, el santo solía recordar este episodio para enseñar que la oración no consiste únicamente en decir muchas palabras, sino en abrir el corazón a Dios. A veces, el silencio lleno de amor vale más que los discursos más elocuentes.
Esta historia sigue inspirando a muchos cristianos. Nos recuerda que no hace falta saber rezar perfectamente para acercarnos al Señor. Basta con presentarnos ante Él con un corazón sincero. Como decía aquel humilde campesino:
«Yo lo miro… y Él me mira.»
Es una de las enseñanzas más bellas asociadas al Santo Cura de Ars: la verdadera amistad con Dios comienza cuando aprendemos a estar simplemente en su presencia.
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