El último canto del pastor Avery
Un naufragio de 1635 que John Greenleaf Whittier convirtió en una meditación sobre la muerte, la fe y la esperanza cristiana.
En el verano de 1635, cuando las colonias de Nueva Inglaterra todavía eran jóvenes y la navegación por sus costas podía convertirse rápidamente en una lucha contra la naturaleza, el pastor John Avery emprendió un viaje desde Newbury hacia Marblehead. Iba acompañado por su familia y viajaba en una pequeña embarcación llamada Watch and Wait. Su destino no era simplemente otro asentamiento: Avery se dirigía hacia Marblehead porque había sido llamado a atender espiritualmente a los pescadores de aquella comunidad. Para Whittier, ese detalle resulta esencial: Avery no navegaba movido solamente por conveniencia personal, sino por lo que entendía como un deber religioso.
El comienzo del viaje parecía tranquilo. La costa de Nueva Inglaterra se extendía ante ellos con sus campos, sus huertos recién plantados, sus casas y sus colinas verdes. Era una tierra que, según la visión poética de Whittier, ofrecía la promesa de una vida estable y hermosa. Sin embargo, mientras avanzaba el día, el paisaje comenzó a desaparecer. Al caer la noche cesó la brisa y el cielo se oscureció. A lo lejos empezó a escucharse el trueno. Lo que parecía una travesía ordinaria estaba a punto de convertirse en una de las grandes tragedias marítimas de la Nueva Inglaterra colonial.
La tormenta que encontraron formaba parte del fenómeno conocido posteriormente como el Gran Huracán Colonial de 1635, una tempestad extraordinariamente destructiva que afectó amplias zonas de Nueva Inglaterra. El Watch and Wait quedó atrapado frente a la costa de Cape Ann. El viento aumentó con violencia, las velas fueron desgarradas, los anclajes dejaron de sostener la embarcación y finalmente el pequeño barco fue arrojado contra las rocas. La narración de Anthony Thacher, quien sobrevivió al naufragio, constituye una de las fuentes históricas que posteriormente servirían a Whittier para escribir su poema.
En medio de aquella oscuridad, el mar dejó de ser simplemente el camino que conducía a Marblehead y se convirtió en una fuerza implacable. Whittier describe los gritos de quienes se encontraban a bordo, el estruendo de la madera al romperse contra las rocas y, por encima de todo, la oración del pastor. Es precisamente en ese momento cuando el poema adquiere su dimensión espiritual. Avery ya no puede controlar el rumbo de la embarcación ni salvar a quienes ama. Todo aquello que pertenecía a la seguridad humana se está desmoronando. Lo único que permanece es su fe.
La tradición conservada sobre sus últimas palabras expresa esa confianza de una manera extraordinaria: Avery no reclama a Dios la conservación de su vida como si fuera un derecho, sino que se aferra a la promesa divina y a la esperanza del cielo. Whittier transforma esa escena en una oración de abandono en Cristo: ante la muerte, el pastor pide ser recibido por Dios y reunirse con los suyos. Así, la tragedia deja de ser solamente un relato de supervivencia y muerte en el mar para convertirse en una meditación sobre lo que significa morir con esperanza.
Es aquí donde se comprende el título que Whittier escogió para su poema: “The Swan Song of Parson Avery”, El canto del cisne del pastor Avery. La expresión procede de una antigua creencia según la cual el cisne entonaba un último canto antes de morir. Whittier utiliza esa imagen para presentar la oración final de Avery como su propio canto de despedida. Pero no se trata de un canto de desesperación. Es una oración nacida en medio de la tormenta, cuando aparentemente todo está perdido y, precisamente por eso, la confianza en Dios adquiere su mayor intensidad.
La fuerza del poema está en ese contraste. Afuera están las olas, el viento, la oscuridad y la muerte; dentro del corazón del pastor permanece la esperanza. El mar puede destruir la embarcación, separar a una familia y poner fin a una vida, pero no puede destruir la promesa en la que Avery ha depositado su confianza. Para Whittier, la última oración del pastor asciende por encima del ruido de la tormenta: mientras el cuerpo es vencido por las aguas, su alma se dirige hacia Dios. El poeta convierte así un episodio de la historia colonial en una imagen profundamente cristiana de la muerte.
La tragedia del Watch and Wait quedó vinculada durante generaciones con la memoria de aquella costa. El naufragio también quedó relacionado con la isla que posteriormente recibiría el nombre de Thacher’s Island, en memoria de Anthony Thacher, uno de los supervivientes. Pero fue la poesía de Whittier la que dio al episodio una vida mucho más duradera en la imaginación de Nueva Inglaterra. El poeta tomó los relatos históricos y los transformó en una escena en la que la tormenta se convierte casi en un escenario entre la tierra y la eternidad.
Quizá por eso esta historia continúa siendo conmovedora casi cuatro siglos después. No porque la tragedia pueda ser explicada o porque la muerte deje de ser dolorosa, sino porque plantea una pregunta que sigue siendo profundamente humana: ¿qué queda cuando ya no podemos controlar nada? Avery pierde el barco, pierde la seguridad, pierde a los suyos y finalmente enfrenta su propia muerte. Sin embargo, en la visión de Whittier, todavía conserva algo que la tormenta no puede arrebatarle: la capacidad de confiar.
El Swan Song of Parson Avery no es, por tanto, solamente un poema sobre un naufragio ocurrido en 1635. Es una reflexión sobre ese instante en que la vida humana llega a sus límites y la persona queda frente al misterio de la muerte. Para Whittier, el último canto de Avery no termina en las aguas oscuras del Atlántico. Termina en la esperanza. Y quizá esa sea la razón por la que una tragedia ocurrida hace casi cuatrocientos años todavía puede hablarnos hoy: porque recuerda que, cuando todo parece hundirse, la fe puede convertir incluso el último instante en una oración.
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