CON LA PACIENCIA AUMENTA LA HUMILDAD
De la Vida perfecta para religiosas, de san Buenaventura
Aprended, oh vírgenes consagradas, a tener espíritu humilde, andar humilde, sentidos humildes, hábito humilde, porque solamente la humildad es la que aplaca la ira, la que halla la gracia de Dios. Cuanto eres mayor, más te has de humillar en todas las cosas, se dice en el Eclesiástico, y hallarás gracia delante de Dios. De este modo halló gracia delante del Señor la Virgen María, como ella misma lo asegura diciendo: Miró la humildad de su esclava. Y no es de maravillar esto, porque la humildad prepara lugar a la caridad y vacía el alma de vanidad. Por esto dice san Agustín: «Cuanto más vacíos estamos de la hinchazón de la soberbia, tanto más llenos estamos de caridad». Pues al modo que el agua confluye a los valles, así la gracia del Espíritu Santo baja a los humildes; y así como el agua fluye con más fuerza cuanto mayor es la pendiente, así el que procede con un corazón totalmente humillado se acerca más al Señor para conseguir su gracia. Por cuya razón dice el Eclesiástico: La oración del que se humilla traspasará las nubes y no parará hasta que llegue al Altísimo, porque el Señor hará la voluntad de los que le temen y escuchará su oración.
Por lo tanto, sed humildes, oh siervas de Dios, oh esclavas de Cristo. Sed humildes, de manera que no permitáis nunca que reine la soberbia en vuestros corazones, pues tuvisteis un maestro humilde, a saber, nuestro Señor Jesucristo, y una humilde maestra, la Virgen María, Reina de todos. Sed humildes, pues tuvisteis un padre humilde, el bienaventurado Francisco, y una madre humilde, la bienaventurada Clara, ejemplar de humildad. Pero habéis de ser humildes de tal forma, que la paciencia sea la prueba de vuestra humildad. Pues la virtud de la humildad se perfecciona con la paciencia. Lo que confirma san Agustín diciendo: «Es cosa fácil ponerse el velo a la cara, usar hábitos viles y despreciables, caminar con la cabeza baja; mas la paciencia es la que manifiesta al verdadero humilde», según aquello del Eclesiástico: En tu humildad ten paciencia.
Pero, ¡ay!, lo digo con pena: somos muchos los que queremos ensoberbecernos en el claustro, cuando no fuimos en el mundo más que personas humildes. Por cuyo motivo san Bernardo dice: «Veo con mucho sentimiento que algunos, después de haber despreciado la pompa del siglo, más bien aprenden la soberbia en la escuela de la humildad, y que bajo las alas del manso y humilde maestro se insolentan más gravemente y se hacen más impacientes que si estuvieran en el siglo; y lo que es peor, muchos sufren ser tenidos como despreciables en la casa de Dios, cuando en la suya no pudieron ser más que despreciables».
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