En esos pueblos que están muy al norte, en esa Europa que guarda más misterios que historias, había un pueblo de campesinos; muy bonito y campirano, con su capilla y su herrero, y claro, también con un zapatero quien arreglaba las raídas botas de los lugareños.
Es sabido y muy conocido, que en esos lares existen los gnomos, esos pequeños hombresillos que hacen la mayor parte del trabajo de los artesanos. Al carpintero le pintan la mesa y le clavan la silla. Al herrero le preparan los hornos y los yunques. Al zapatero le ordenan las hormas y curten el cuero. Muy eficientes y de gran ayuda. Lo único que piden a cambio son algunos granos para guardarlo y después comerlos en el invierno, que en esos parajes es muy duro y frío; y en las épocas de nuestra historia, mucho más helado y agresivo.
Un día, a la esposa del zapàtero le vino la máxima curiosidad; ella quería saber como son esos hombresillos tan pequeños, de los que tantas historias le habían contado desde lo antiguo. Ella sabía que no debía estorbarlos en su labor, pero su curiosidad fue más fuerte que la del gato y tomó acción para conocerlos. Ella sabía que, los gnomos bajaban por la escalera desde el ático, entonces les puso unos garbanzos en las gradas, con la firme esperanza de que los pequeñines obreros se cayeran, hicieran suficiente ruido para despertar y así, poder mirarlos en cuerpo entero.
Así sucedió, pero lo que no esperaba la curiosa mujer, es que los gnomos se enojaron mucho por la broma y desde ese día, no volvieron más. El taller de su esposo se quedó sin artistas para crear y arreglar las obras de sus clientes los aldeanos.
-«Es ambiente hostil» dijo uno de ellos, y refunfuñando se alejaron para siempre.
La leyenda dice que esos gnomos en particular, luego emigraron a Norteamérica, a esos estados del norte del país de la libertad, pero eran de tan mala suerte, que el mismo episodio se repitió con otra esposa, que de rara coincidencia, también tenía como marido, a un zapatero…
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