MARTIRIO DE LOS SANTOS BERARDO Y COMPAÑEROS

MARTIRIO DE LOS SANTOS BERARDO Y COMPAÑEROS
De la Crónica de los XXIV Ministros Generales

El bienaventurado Francisco, llevado de inspiración divina, escogió a seis de sus mejores hijos y los envió a predicar la fe católica entre infieles.

Se pusieron en camino hacia España y llegaron al reino de Aragón, en donde enfermó gravemente Fray Vidal, y, no logrando reponerse en su salud, dispuso que sus cinco compañeros prosiguieran la empresa, para no contradecir la voluntad del Seráfico Padre, y para no demorar por su causa la obra emprendida por Dios. Estos cinco hermanos, obedientes a los deseos de Fray Vidal, que se quedó reponiéndose de su enfermedad, se dirigieron a Coimbra y desde allí a Sevilla, pero antes se despojaron del hábito religioso.

Cierto día, confortados espiritualmente, salieron por la ciudad de Sevilla con el propósito de visitar la mezquita principal y de entrar en ella; pero los sarracenos se lo impidieron, empleando la fuerza, a gritos, empellones y golpes. Apresados, fueron conducidos al palacio de su soberano, ante quien estos varones de Dios aseguraron ser mensajeros del Rey de reyes, Cristo Jesús. Tras una exposición de las principales verdades de la fe católica y animando a sus oyentes a que se convirtieran y se bautizaran, el rey, enfurecido por tanta osadía, mandó que fueran decapitados inmediatamente. Mas su Consejo, presente allí, sugirió al rey que suspendiera la sentencia, dejándoles ir a Marruecos, en conformidad con los deseos manifestados por ellos.

Llegados a Marruecos, sin pérdida de tiempo predicaron el Evangelio, especialmente en el zoco mayor de la ciudad. Se comunicó esta nueva al Sultán, quien dispuso que fueran encarcelados sin demora. Veinte días permanecieron en prisión, sin darles alimento, ni bebidas, confortados sólo con la refección del espíritu. Acabada esta reclusión, fueron llevados a la presencia del Sultán, e, interrogados, siguieron firmes en sus decisiones anteriormente manifestadas de plena fidelidad a la religión católica. Encolerizado el Sultán, mandó que fueran azotados, y que, separados los unos de los otros en diversas cárceles, fueran sometidos a intensas torturas.

Los esbirros, una vez esposados los santos varones, ligados los pies, y con sogas puestas al cuello, los arrastraron con tanta violencia, que casi se les salían las entrañas por las heridas abiertas en sus cuerpos. Sobre esas mismas heridas arrojaban aceite y vinagre hirviendo, y esparcieron por el suelo los vidrios que contenían esos líquidos para que se les clavaran al pasar por encima de ellos. Toda la noche duró este tormento, bajo la custodia de unos treinta sarracenos, quienes los flagelaron sin ningún miramiento.

A la mañana siguiente, reclamados por el Sultán, fueron trasladados semidesnudos y descalzos, mientras eran golpeados. Se repitió el interrogatorio, siendo idénticas las respuestas, por lo que el soberano cambió de táctica, haciendo traer hermosas mujeres, a las que recluyó con ellos, mientras les increpaba:

–«Convertíos a nuestra religión mahometana y, en premio, os daré por esposas a estas doncellas; os colmaré de riquezas y seréis honrados por todo mi reino».

La contestación fue unánime:

–«Quédate con tu dinero, con tus mujeres y con tus honras, que nosotros renunciamos a todos esos bienes pasajeros del mundo por amor a Cristo».

El rey, al verse desairado, se encolerizó, empuñó la espada y uno a uno, de un tajo, les abrió una brecha en la cabeza; luego, con su propia mano, les clavó en la garganta tres cimitarras. Así murieron.

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