ORIGEN DE LA VOCACIÓN DE SAN BRUNO
«Bruno de Colonia fue testigo presencial de un suceso verdaderamente extraordinario y terrible. Asistía en París al oficio de difuntos por el alma de Raimund Diokres, celebérrimo profesor de la Universidad. El féretro había sido colocado en el centro de la iglesia. Había terminado el canto de los salmos del segundo nocturno de maitines y un sacerdote empezó el de las lecciones. Al recitar las palabras «Responde mihi, quantas habeo iniquitates», con gran espanto de la muchedumbre, levantó el muerto la cabeza, se movieron sus labios resecos y pronunciaron esta contestación: «¡Justamente he sido condenado en el tribunal de Dios!». Mientras la cabeza se volvía a hundir en el féretro, un grito de espanto resonó en el templo, iluminado por el débil resplandor de las candelas, y el sacerdote aplazó el oficio de difuntos para el día siguiente.
Cuando por la mañana fueron cantados nuevamente los maitines, al llegar al mismo pasaje, se levantó de su ataúd el profesor y dijo con voz gemebunda: «¡Justamente he sido condenado en el tribunal de Dios!». De nuevo fue interrumpido el oficio y la noticia se divulgó rápidamente por la ciudad. Una expectación nerviosa agitaba a los fieles, que al tercer día, asistieron a los funerales. Cuando se hubo cantado parte del oficio, al leer el sacerdote las palabras del patriarca idumeo, por tercera vez se incorporó el difunto y dijo: «¡Justamente he sido condenado en el tribunal de Dios!». La multitud horrorizada llevó el cadáver directamente al cementerio para darle sepultura sin más.
El espanto que de todos se apoderó fue tanto mayor cuanto el muerto estaba conceptuado como buen cristiano y sólo se le podía atribuir cierto deseo vano de figurar. Bruno sintió entonces su alma atormentada por este pensamiento: la vanidad, una fruslería al parecer, es bastante para caer en el infierno, e impulsado por esta reflexión, que no podía apartar de su mente, resolvió renunciar a todo contacto con el mundo».
(Walter Nigg, «El secreto de los monjes»)
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