Teodicea y Teología

Teodicea y Teología

Por Padre Dr. Bolívar Jiménez Alvarez

La RELIGION, palabra que significa religarse o amarrase a algo o a alguien, es una tendencia natural de todo ser humano; se debe a la necesidad de responder a la voz que resuena en la conciencia, también a la razón — facultades que las posee tan solo el ser humano junto a la del libre albedrío—, que busca respuestas a éstos interrogantes. En efecto, todos alguna vez nos hemos planteado preguntas como: ¿Quién hizo el mundo? ¿Quién creó al hombre? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Qué sentido tiene mi vida? y otras.

Esta realidad constatable en nosotros mismos, es lo que explica la práctica de la religión en todos los tiempos, en todos los ámbitos geográficos y por todos los pueblos de la historia. Naturalmente con matices propios, y por lo mismo, con creencias y prácticas diversas entre ellos, dependiendo del “elemento impresionante” que ha servido de detonante a sus adeptos. Todas las religiones sin embargo, tienen componentes comunes: un credo o dogma, un culto o ritos y un conjunto de normas. También, una autoridad, llámense chamanes, brujos o “sacerdotes”, que oficie los ritos, custodie sus creencias y ejecute sus órdenes.

Por lo visto, puede afirmarse sin lugar a dudas que el hombre es religioso por naturaleza. El elemento religioso, así no lo practique o trate de soslayarlo, es un componente de su condición humana racional.

A esta búsqueda innata de Dios por parte del hombre impulsada por su conciencia y su razón natural —que siempre quiere explicaciones y busca dar sentido a su existencia—, es estudiada por la “TEODICEA”. Aquí prima el esfuerzo de la razón humana; que, por más elevada que sea, no alcanza por sí misma “tocar” la verdad divina aunque muchas veces se aproxime. Esto explica la multiplicidad de dioses o politeísmo, de ritos desconcertantes para nosotros como los sacrificios humanos, y de conductas aberrantes como la prostitución sagrada, por ejemplo.

Cuando es Dios quien toma la iniciativa, las cosas cambian radicalmente, porque es Él quien llega al hombre para manifestarse, para dar a conocer su voluntad e indicarnos el sendero correcto hacia una felicidad verdadera, integral y perpetua. La “TEOLOGÍA” es entonces la ciencia que facilita este camino; y es aquí, en donde FE y RAZON se encuentran, se apoyan, se complementan y dan al hombre respuestas satisfactorias a sus interrogantes.

Con la RAZON el hombre puede llegar al convencimiento de la existencia de Dios, aunque jamás entenderlo; porque entonces, Dios que es infinito, dejaría de ser tal al poderlo captar con mi mente finita; algo así como que el mar dejaría de ser tal al conseguir poner todo su contenido en un plato. Respuestas lógicas a preguntas racionales como estas pueden darnos la seguridad de su existencia: Si la filosofía asegura que “no hay efecto sin causa”, entonces ¿cómo lo que existe pasó de la “no existencia” a la “existencia”; es decir, del “no ser” al “ser”? A ese Ser capaz de tal obra —el hacer pasar algo de la no existencia a la existencia—, se lo puede llamar “creador”, “principio de todo”, “primer motor” como decía Aristóteles, o Dios, como comúnmente lo llamamos; aunque la Biblia a ese Dios le designe con los nombres de Yahvé, Jehová, Eloín y otros.

La FE complementa el resultado de la razón, porque nos permite aceptar como cierta la intuición de que siempre hay un horizonte nuevo. La fe es como la percepción de un caminante que con sus ojos aprecia el horizonte, con su voluntad en realidad lo alcanza, pero cuando lo alcanza ve que hay otro nuevo que conquistar, y así, repetidamente. Esto quiere decir que, el hombre con la razón puede llegar a saber y a estar cierto de la existencia de Dios; pero también mediante la misma razón, convencerse de que no lo puede ni lo podrá entender, porque mientras se acerca y lo posee, Él, ese Ser, se escapa a su entendimiento, quedándome sólo la seguridad de esta realidad (es lo que se llama “dinámica escatológica”). Y es entonces donde surge la fe, que le permite aceptar con seguridad lo que esta intuición sugiere y lo que ese Dios ha dicho de sí mismo por la Revelación; es decir, por la Biblia.

Hoy, para muchos, estos asuntos de Dios y de la religión son complicados. Para otros las condiciones normales de una vida sin mayores sobresaltos, hace que estos asuntos pierdan importancia. Los jóvenes, por ejemplo, que, como es normal, pasan por una época de quemeimportismo religioso en sus vidas, agravado (ese quemeimportismo) por los adelantos tecnológicos, el comodismo, el hedonismo y el materialismo reinantes en el ambiente social que los rodea, tampoco dan atención a estos temas; y sólo se cuestionan cuando algo negativo viene a alterar gravemente sus vidas. Es en los momentos de crisis, sobretodo, económicas, afectivas o de salud, cuando se despierta un cierto interés en escuchar los llamados interiores de Dios y los mensajes persistentes de la religión; y es aquí, en estos momentos de vulnerabilidad, en donde también está el peligro; pues no siempre las respuestas a esas inquietudes provienen de una fuente verdadera, segura y bien intencionada.

En la actualidad existe un baratillo de religiones, vale decir de sectas; son de todo tipo y prometen “solucionar” mágicamente los problemas que definitivamente no queremos que se afinquen en nuestras vidas. Hay para todos los gustos y sus jefes saben explotar muy bien tanto el sentimentalismo como el dolor humano. Todas ellas se presentan con rostro de bondad y con una “carta” de tener la última palabra. En fin, casi todas ellas tienen segundas intenciones; desde perversas, que tratan de confundir por confundir, hasta otras que son de tipo político o económico, muchas de ellas, obedientes a planes astutamente trazados por transnacionales.

¿Qué hacer, entonces, ante esta situación? He aquí dos pistas solamente:

1.- Ser leales a nuestra naturaleza humana que reclama la necesidad de trascendencia. El ser humano no es sólo cuerpo, es también alma y espíritu; y como tal, también la parte inmaterial merece ser alimentada con alimento constante y sano. Para ello, no hay mejor alimento que el de la propia madre por más avejentada y fea que parezca. En este caso, para los cristianos la “madre” es la Iglesia católica; es decir, la comunidad fundada por Jesucristo sobre hombres falibles sí y como tal sujeta a errores, pero al fin o al cabo madre; eso sí, en constante búsqueda de purificación.

2.- No caer en las redes del relativismo y del subjetivismo, perniciosos males de nuestro tiempo; verdaderas pandemias que tanto mal hacen a la salud espiritual de la humanidad, sobre todo la de los jóvenes. El RELATIVISMO que hace que todo parezca igual. Para el relativismo cualquier religión es buena; y esto es precisamente lo que pregona la llamada “new age” (Nueva Era), mezcolanza de tantas religiones, filosofías y prácticas extrañas. Y, el SUBJETIVISMO, que hace que cada uno, en particular, se sienta bien con la “religión” que elabora o estructura a la medida de sus gustos y necesidades desdeñando al mismo tiempo todo compromiso de vida; tanto moral, como profesional o social. El relativista termina diciendo “Yo practico lo que me conviene y desecho todo aquello que me suene a responsabilidad, a sacrificio, a compromiso solidario”. El comportamiento y los resultados de los subjetivistas son como los de aquel enfermo grave que simplemente toma sedantes para sentirse bien momentáneamente y nada más, sin advertir que un día, esos calmantes, lo único que harán es destruir tempranamente su vida.

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