Desde mi ventana OPINIÓN
Contaminación espiritual

Bolívar Jiménez Alvarez
En la actualidad y desde hace varias décadas, existe una gran preocupación por la salud del planeta. Pues, al ritmo que avanza el desarrollo productivo, también avanza la contaminación ambiental. De ahí que muchos países al tomar conciencia de esta situación, han adoptado una serie de planes novedosos para contrarrestarla. Incluso, la propia Iglesia, que no es desencarnada de la realidad terrestre sino que comparte las vicisitudes de la historia, ha emitido en numerosas y cada vez más frecuentes ocasiones, su orientación ética al respecto con el propósito de mantener bella la obra de Dios y no destruir la magnífica habitación del hombre. La encíclica «Laudato si» y la exhortación «Laudate Deum» del Papa Francisco son las más recientes.

Pero… ¿Qué de la contaminación espiritual? ¿Existe la misma preocupación por combatir los virus que envenenan el espíritu? ¿Son suficientes los antídotos morales que se inyectan en el corazón de los hombres para mantenerlos inmunes o sanarlos del contagio? En este caso, las reacciones son diversas, mientras los gobernantes de las naciones y los grupos de poder, que también manejan los grandes intereses económicos, tratan de justificar «científicamente» la alteración profunda al orden natural operada en las últimas décadas en todas las esferas de la vida; la Iglesia Católica y algunos movimientos cristianos o no, pero en todo caso fieles a la recta conciencia y sana razón, abogan – nadando a contracorriente-, para que el mundo no se vea finalmente sumido en una debacle insalvable.
Hoy, desgraciadamente, «todo vale» y de esta opinión participan no pocos «católicos». En efecto, para muchos: Cualquier religión novedosa es buena, con tal de que cubra mis expectativas y no me exija renuncias; cualquier predicador es bueno, con tal de que secunde mis prejuicios; cualquier rito es bueno, con tal de que mitigue mis emociones y apoye las etiquetas sociales; cualquier camino que pisotee la dignidad, e incluso la integridad física de las personas es buena, con tal de hacerme del po-der y mandar; cualquier método de control de la natalidad, incluido el aborto, es bueno, con tal de no tener complicaciones futuras; cualquier unión, incluso la homosexual, es buena, si aplaca mis instintos. Tuvo razón el argentino Santos Discépolo al componer su famoso tango «Cambalache» a inicios del siglo XX.

¿Las causas? Son incontables y proceden de distintos ambientes, pero especialmente de la ignorancia religiosa, dula atrofia dula conciencia, del subjetivismo, del sincretismo, del supermercado de «soluciones» que para to-dos los problemas ofertan los brujos, adivinos, charlatanes, «enviados», la Nueva Era; etc. También: el materialismo y hedonismo que tiene como meta el TENER y no el SER; la propaganda subliminal que crea necesidades ficticias; las conductas liberales que se difunden en la mayoría de medios de comunicación social y redes sociales; las Ieyes permisivas que rigen en la mayoría de las naciones; la educación deficiente emanada de los ministerios del ramo; la corrupción del sistema de justicia que más bien ampara a los delincuentes. En fin…. Incluso, podemos reconocer con pena, que a este ambiente nocivo ha contribuido también, quizá sin querer, algún sector de la Iglesia que ha dejado de predicar con vigor la moral cristiana, para difundir criterios no suficientemente entendidos o alguna novedad peregrina.
E. es contaminación espiritual, que igual que la contaminación ambiental, puede acabar con la vida. Se requiere entonces para contrarrestarla tres cosas: 1- tomar seria conciencia de ella; 2- prever las consecuencias aún más nefastas que podrían darse si esta degeneración continúa; y 3- trabajar decididamente para evitarla o sanarla. Es una tarea de todos, especialmente de los cristianos.

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