Mes de María – Día 8
De las virtudes que María practica en el Misterio de la Encarnación
- ° Antes del cumplimiento de este misterio.
- ° ^ En el momento en que el Angel le anuncia esta
misterio.
S. ° Despues del cumplimiento de este misterio
La preparación como en la pág. 21
PUNTO I. Estimado cristiano, reflexiona sobre esto: la Santísima Virgen María dedicó su vida a practicar todas las virtudes desde una edad muy temprana. Dios se complacía al ver a esta encantadora niña alcanzar el más alto nivel de perfección, llenándola constantemente de nueva gracia para prepararla para ser la Madre de Su Hijo. Cuando María se dio cuenta de que se acercaba el tiempo de la venida del Mesías, ¡oh, cuán indescriptibles eran los sentimientos de su alma! Con qué fervor deseaba este bendito momento para ver a su Dios glorificado y a la humanidad liberada de la esclavitud del diablo y del pecado, que habían estado sufriendo durante tanto tiempo. Ella rezaba y rogaba con lágrimas a Dios para que enviara al Redentor prometido a la tierra; este era el enfoque de todas sus oraciones y deseos fervientes. A menudo, también tenemos la alegría de recibir en nuestros corazones, a través de la Sagrada Comunión, al mismo Dios que María concibió en su casto vientre. Pero, ¿nos preparamos para Su venida como ella lo hizo, practicando virtudes y llevando una vida santa? ¿Reflejan nuestras oraciones y actos de piedad estos nobles sentimientos y deseos fervientes que animaron a la Santísima Virgen? ¡Ay, cuántas negligencias! ¡Cuánta indiferencia y distracción en todas nuestras devociones, incluso en nuestras comuniones!
PUNTO II. En este punto, vamos a admirar las virtudes que María muestra cuando el ángel de Dios viene a saludarla. Podemos ver su gran modestia al sentirse abrumada al ver a un ángel en forma humana. También su firme creencia en el importante mensaje que el ángel le trae y su amor por la virginidad, prefiriendo esta virtud sobre la grandeza de ser la madre de Dios. Su profunda humildad al aceptar ser sierva del Señor y su perfecta obediencia al cumplir con la voluntad de Dios. Debemos aprender estas virtudes de nuestra santa Madre y recordar que solo al esforzarnos por imitarla, tendremos la dicha de complacerla y merecer su protección.
PUNTO III. Representemos los sentimientos de la Santísima Virgen luego de que el Espíritu Santo formara en su casto vientre el cuerpo del Mesías. En ese momento, se humilló ante él, lo adoró con profundo respeto, lo amó como a su Dios y a su Hijo, se ofreció para servirle y para cumplir los designios que lo llevarían a convertirse en humano. Seríamos muy dichosos si pudiéramos practicar las virtudes que la Virgen María nos enseña antes, durante y después de recibir la Sagrada Comunión. Si lográramos tener éxito en cada una de nuestras comuniones, tendríamos suficiente para santificarnos.
La oracion para despues de la meditación pág. 25 y luego
la siguiente:
ORACION
Oh dulce Madre de Jesús, Virgen María, ¿cómo te sentiste al recibir en tu puro corazón al Hijo de Dios? ¡Con cuánto amor acogiste a este Dios hecho hombre! Tengo la dicha de recibir a Jesús a menudo, pero nuestras disposiciones son muy diferentes. ¿Es posible que este Dios santo haya querido entrar en un corazón que ha sido morada del mal? Virgen Santa, ayúdame a prepararme mejor para la comunión, para recibir el premio prometido a los justos en la hora de mi muerte. Amén.
EJEMPLO
Aparición de la Santísima Virgen á una señora protestante.
No ignoramos que todas las cosas extraordinarias, que todos los hechos maravillosos, antes de ser admitidos como tales, deben ser maduramente examinados, pero también sabemos que no es ni razonable ni cristiano una disposición habitual á rechazar todo lo que sobrepasa las fuerzas de nuestra débil inteligencia. La superstición es una debilidad, sin duda, pero la incredulidad es un crimen. Creemos evitar la una y la otra, comunicando á nuestros piadosos lectores la siguiente relación, de la que podemos garantizar la certeza.
En los dias en que Roma se disponía á recibir á Pió el Grande de vuelta de Gaeta, un oficial del ejército expedicionario francés se paseaba por los alrededores del Vaticano, acompañado de su esposa y de BUS hijos, uno de los cuales contaba doce años y el otro diez. La señora habia tenido la desgracia de nacer entre los protestantes de Alemania, mas, á pesar de todo, poseía las virtudes morales debidas á la educación que recibiera de su celosa madre. Asegurada por este lado, nada le remordía la conciencia, y para colmo de males, se afirmaba en el fatal principio introducido por el indiferentismo, y tan ‘generalmente estendido en nuestros aciagos dias.
—Cada cual, decía la señora á que nos referimos, debe vivir y morir en la religión en que ha nacido. ¿Qué podría hacer mas yo, siendo católica, de lo que hago siendo protestante?
Esto no obstante, ya sea por curiosidad, ya porque se anduviese mezclado en ello un presentimiento indefinible, indicó á su esposo tener un vivo deseo de ver las habitaciones particulares del Papa. Ninguna dificultad se opuso á ello y ambos esposos recorrieron sucesivamente los principales salones del palacio, y llegaron, por fin, á la capilla particular del soberano Pontífice
Al entrar en ella, los ojos de la señora se fijaron de pronto en un reclinatorio cubierto de una tela colorada. Persuadida, con razón, de que aquel era el lugar desde el que el Jefe de la Iglesia implora cada dia sobre su pueblo las bendiciones del cielo, no vaciló un momento en arrodillarse en él, pensando cuanto gozo daría á una hermana política suya que amaba tiernamente, y la cual pertenecía á la religión católica. La buena señora inclinóse, apoyó su cabeza entre las manos, y se puso á orar de rodillas en el reclinatorio del Papa. Su oracion fué corta, pero ferviente, y por una dichosa costumbre, en oposicion con los principios de sus correligionarios, pero que habia contraido desde hacía mucho tiempo, encomendó sus hijos á la santísima Virgen.
Levantando luego sus ojos vió sobre el altar una señora rodeada de una luz blanquísima que tenia á sus dos hijos de la mano, y mas abajo, la figura del Papa vuelto á ella. Impresionada y conmovida hasta derramar lágrimas por un espectáculo tan singular, su primer movimiento fué asegurarse de sus dos hijos que se hallaban junto á ella.
La emocion, por su parte, fué tan fuerte y sensible, que alarmó á su esposo, pero le tranquilizó la señora, dándole á entender que aquello no era mas que el efecto de una indisposición común. Mientras tanto, el efecto que la produjo la maravillosa aparición se hallaba tan vivamente grabado en su espíritu, que le era imposible apartar de él la memoria por un instante siquiera. Pero no termina aquí esto.
El 12 de Abril; dia de la entrada del Papa en Roma, la señora que nos ocupa dirigióse á la tribuna que para ella y las esposas de los oficiales franceses estaba reservada en la basílica de San Juan de Letran. Apenas hubo visto el Papa que iba á adorar al santísimo Sacramento, reconoció en Pió IX á la misteriosa persona que á los piés de la aparición había visto algunos dias antes en la capilla del Vaticano. Esto la impresionó vivamente, pero su emocion creció de punto al advertir que encima del Papa, y guardando la misma posicion y rodeada del mismo brillo que en el Vaticano, se hallaba la Imágen extraordinaria: en estos momentos no fué ya la señora dueña de contener su emocion, y todos los presentes creyeron que se liabia puesto repentinamente enferma. Esta, sin embargo, volvió prontamente en sí, y como la primera vez, guardóse para sí el secreto; mas una tercera aparición le estaba reservada.
El dia fijado para la recepción por su Santidad á las Señoras de los oficiales del ejército, la que nos ocupa fué una de las más puntuales. Todas ellas se hallaban colocadas en dos filas, por entre las cuales pasaba el Padre Santo dando su bendición á derecha é izquierda. Al llegar delante de la señora heroína de esta historia y de sus dos hijos, el Vicario de Jesucristo se detuvo como para representar mas vivamente á su divino Maestro, y acarició como El á los dos niños, llevando su bondad hasta el extremo de preguntar pollos nombres de las dos criaturas que se hallaban arrodilladas á sus piés, les regaló unos rosarios, y parecía querer colmarles de una bendición particular, pues puso sus manos sagradas á un mismo tiempo sobre las infantiles cabezas. La dichosa madre se hallaba, como suele decirse, loca de alegría por ello, pero su emocion llegó al colmo cuando de nuevo vió encima del Sumo Pontífice, y de la misma manera que las dos veces anteriores, la brillante Imágen que no tenemos ya necesidad de calificar.
La buena señora, que desde la primera y segunda aparición se sentía vivamente instigada á dejar el protestantismo, despues de esta tercera y última, vió que era imposible ya resistirse á la gracia que le animaba. A causa de ello, pasó la siguiente noche entre suspiros y gemidos, y no pudiendo ya soportar sola por mas tiempo el peso enorme de su secreto, tomó, al fin, la resolución de enterar de él á su esposo, y anunciarle que estaba resuelta á abjurar el protestantismo, á lo cual le animó vivamente su marido y la secundó en todo, con grande satisfacción de su alma.
La abjuración se hizo con todas las ceremonias que requieren estos casos, el viérnes 17 de Mayo, en una capilla interior de la Trinidad del monte, y el siguiente juéves la familia tuvo la dicha de comulgar en otra capilla de la comunidad, administrando el cardenal vicario el sacramento de la Confirmación á la ferviente neófita. (1)
La Virgen Santísima la quiso para sí, y no descansó hasta tenerla en la santa Religión, fuera de la cual no es posible salvarse. ¡Oh! cuánto seria el regocijo de la buena señora, al considerar que debía aquel bien inapreciable al cariño y respetuoso afecto que habia profesado á la Madre de Dios y á las oraciones que le habia dirigido para que protegiera y amparace á sus hijos. Acojámonos nosotros también á su benigno y celestial amparo, si queremos merecer de Ella protección decidida, pero no nos olvidémos de que para conseguir esta protección, debemos captárnosla con la imitación de sus excelsas virtudes, y particularmente de su profunda humildad.
PRACTICA
Humillaos profundamente delante de la Madre de Dios, y pedidle perdón de las negligencias que habéis cometido en su servicio.
JACULATORIA
Oh clemens, ó pia, ó dulcis Virgo María!
Oh María, oh Virgen llena de clemencia, de piedad y de dulzura.
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