12 de agosto
Santa Juana Francisca de Chantal
Ezequiel 1:2-5, 24-28 Salmos 148:1-2, 11-14 Mateo 17:22-27
El Llamado de Jesús
“…Este era el aspecto, la semejanza de la gloria del Señor” (Ezequiel 1:28).
Ezequiel recibe su llamado. Dios se dirige a él como “hijo de hombre” y le ordena ponerse de pie para recibir su mensaje. Dios le dice que lo envía a los hijos de Israel, un pueblo rebelde y obstinado. A pesar de su rebeldía, Ezequiel debe hablarles las palabras de Dios, ya sea que escuchen o no. Dios le advierte que no tema a las palabras ni a las miradas de este pueblo rebelde. Luego, Ezequiel ve un rollo escrito por ambos lados con lamentaciones, endechas y ayes, y Dios le ordena comerlo.
Ezequiel come el rollo, que resulta ser dulce como la miel en su boca. Dios le dice que debe ir y hablar a los israelitas, aunque no lo escuchen debido a su obstinación. Dios fortalece a Ezequiel, haciéndolo tan duro y obstinado como ellos, para que no se desanime. Ezequiel es nombrado responsable de advertirle al pueblo de Israel sobre el juicio de Dios. Si no lo hace, será responsable de su muerte, pero si advierte y no escuchan, ellos serán responsables.
La Eucaristía es, sin duda, una experiencia de encuentro directo con el Señor, mucho más íntima y personal que las visiones proféticas de Isaías y Ezequiel. En la Eucaristía, recibimos a Cristo mismo, lo que nos llena de su gracia y nos fortalece para responder a su llamado en nuestras vidas.
Dios nos llama a cada uno de nosotros de maneras únicas y personales. Algunos son llamados al sacerdocio, otros a la vida religiosa, algunos a la vocación de laico soltero, y otros a ser fieles maridos y esposas. Cada vocación es una respuesta al amor de Dios y una oportunidad para servirle y glorificarle en nuestras vidas cotidianas
Todos están llamados a ser profetas en una época endurecida y en peligro, no menos obstinada que la de Ezequiel. «No les temas, ni les tengas miedo ni te acobardes delante de ellos» (Ez 3:9), porque Dios te hará más fuerte que ellos (ver Ez 3:8-9; Jer 1:17-19). Acepta tu llamado y vocación del Señor. Habla sus palabras proféticas. Eres más que vencedor en Jesús (Rom 8:37).
Oración: Padre, abriré mi boca para que puedas llenarla con Tus palabras (Sal 81:11). Úsame para abrir los corazones más duros.
Promesa: “…Y al tercer día resucitará” (Mt 17:23).
Alabanza: Santa Juana, aunque vivía con su suegro cascarrabias, irradiaba la alegría del Señor.
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