Cargando la cruz: La llamada de Jesús

21 de febrero

san Pedro Damián

Génesis 11:1-9 Salmos 33:10-15 Marcos 8:34─9:1

¿Quién salvará su Alma?

“Todo el mundo hablaba una misma lengua y empleaba las mismas palabras” (Génesis 11:1).

#febrero #lecturadeldia

Marcos 8:34-9:1 resuena como un eco profundo del corazón mismo de la fe cristiana, una llamada que Jesús dirige no solo a sus discípulos de entonces, sino a todos los que, a lo largo de los siglos, han querido seguirlo. Cuando dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame», nos está invitando a dejar atrás el egoísmo, ese aferrarse a uno mismo que tanto nos tienta, y a abrazar la cruz, no como un peso inútil, sino como un signo de amor redentor. Para la Iglesia, la cruz no es mera carga, sino el camino por el que nos unimos al sacrificio de Cristo, ofreciendo nuestras propias luchas y dolores con la confianza de que tienen un sentido eterno.

Luego, cuando Jesús afirma que «quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará», nos pone frente a una verdad que parece contradecir el instinto humano. Nos dice que la vida verdadera no se encuentra en guardarla para nosotros mismos, en protegerla con celo egoísta, sino en entregarla generosamente por amor a Él y a los demás. Es un reflejo del misterio de su propia Pascua: morir para resucitar. La Iglesia ve aquí una luz para el discípulo: el sacrificio, lejos de ser pérdida, es la puerta a la Vida con mayúsculas, esa que no termina.

Y cuando pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?», Jesús nos sacude con una claridad que atraviesa el tiempo. Nos hace mirar dentro, a lo que realmente importa. Para la fe católica, el alma es el tesoro más precioso, creado para estar con Dios por siempre, y nada en este mundo —ni riquezas, ni poder, ni fama— puede igualar su valor. Es un recordatorio de que nuestra brújula debe apuntar al cielo, no a las promesas vacías de lo temporal.
Más adelante, al advertir que «quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre», Jesús nos llama a ser valientes. En un mundo que a menudo se burla de la fe o la ignorante, no podemos esconder nuestra luz. La Iglesia lo entiende como un empujón a dar testimonio, a veces hasta el martirio, sabiendo que un día Él volverá con los ángeles, y nuestra fidelidad será lo que cuente ante sus ojos.

Finalmente, cuando promete que «hay algunos de los aquí presentes que no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios venido con poder», nos da una chispa de esperanza. Para la tradición católica, esto puede señalar a la Transfiguración, ese momento en que algunos vieron su gloria divina, o al nacimiento de la Iglesia en Pentecostés, cuando el Reino comenzó a desplegarse con fuerza. No es el fin del mundo aún, sino un anticipo del poder de Dios que ya actúa entre nosotros.

Así, este pasaje se convierte en una guía para el católico: cargar la cruz con amor, entregar la vida por Cristo, valorar el alma sobre todo y vivir sin vergüenza la fe, confiando en que el Reino ya está cerca. Es un mensaje que tarde en la oración, en los sacramentos y en cada paso de quien busca a Jesús con corazón sincero.

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