23 de febrero
7mo domingo de Tiempo Ordinario
1 Samuel 26:2, 7-9, 12-13, 22-23 1 Corintios 15:45-49 Salmos 103:1-4, 8, 10, 12-13 Lucas 6:27-38
Amar a los Enemigos
“Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman” (Lucas 6:27-28).
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En este Evangelio según San Lucas, Jesús nos entrega una enseñanza radical que resuena en el corazón de la fe católica: «Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los maltratan» (Lc 6:27-28). Estas palabras no son un simple consejo moral; son una invitación a participar en la misma vida de Dios, que es amor misericordioso sin límites. La doctrina católica, siguiendo esta enseñanza, nos recuerda que el amor no es solo un sentimiento, sino un acto de la voluntad, una elección deliberada de buscar el bien del otro, incluso cuando ese otro nos rechaza o nos hiere. Es un eco del mandato de Cristo en la cruz, donde, en medio del sufrimiento, pidió al Padre que perdonara a quienes lo crucificaban (Lc 23:34).
Jesús prosigue con ejemplos concretos: dar la otra mejilla, ofrecer la túnica a quien toma el manto, dar sin esperar nada a cambio (Lc 6:29-30). Desde la perspectiva católica, esto no implica una pasividad ante la injusticia, sino una superación de la lógica humana de retaliación. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 2842) subraya que amar a los enemigos es romper el ciclo del pecado y reflejar la perfección del Padre celestial, quien «hace salir su sol sobre malos y buenos» (Mt 5:45). Es una llamada a la santidad, a ser «misericordiosos como el Padre es misericordioso» (Lc 6:36), un tema que San Juan Pablo II desarrolló profundamente en su encíclica Dives in Misericordia, destacando que la misericordia es el rostro más pleno del amor divino.
El pasaje también aborda el no juzgar: «No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados» (Lc 6:37). Aquí, la Iglesia nos enseña que el juicio final pertenece solo a Dios, quien conoce los corazones (CIC 678). Esto no significa ignorar el pecado o la verdad —la corrección fraterna tiene su lugar (Mt 18:15)— pero sí evitar la condena precipitada, que usurpa la autoridad divina y olvida nuestra propia condición de pecadores necesitados de redención. Este llamado a la humildad y a la caridad resuena con la tradición católica de ver en cada persona una imagen de Dios, digna de respeto y amor, independientemente de sus fallos.
Finalmente, Jesús promete una recompensa: «Den, y se les dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en su regazo» (Lc 6:38). Desde la doctrina católica, esto no es un trueque material, sino una certeza espiritual: quien vive en el amor generoso participa ya en la abundancia del Reino de Dios. La caridad, como virtud teologal (CIC 1822), nos une a Cristo y transforma nuestro corazón, preparándonos para la vida eterna.
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