La Humildad en la Fe: Aprendiendo de Eclesiástico y Marcos

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26 de febrero

Eclesiástico 4:11-19 Salmos 119:165, 168, 171-172, 174-175 Marcos 9:38-40

Confianza en la Acción de Dios

“La sabiduría encumbra a sus hijos” (Eclesiástico 4:11).

#febrero #lecturadeldia


En el Evangelio de Marcos, capítulo 9, versículos 38 al 40, nos encontramos con una escena que parece sencilla, pero que encierra una enseñanza profunda para la vida de fe. Juan, uno de los discípulos más cercanos a Jesús, se acerca al Maestro con una mezcla de celo y desconcierto. Le dice que han visto a alguien expulsando demonios en el nombre de Jesús, pero que intentaron detenerlo porque “no anda con nosotros”. Es fácil imaginar el tono de Juan: quizás un poco indignado, tal vez preocupado por proteger la exclusividad del grupo que sigue al Señor. Sin embargo, la respuesta de Jesús rompe con esa lógica estrecha y abre una ventana a la amplitud de la acción de Dios: “No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda después hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro”.

Estas palabras de Jesús resuenan con una verdad que atraviesa los siglos. Nos recuerdan que el Espíritu Santo no está limitado por las fronteras que nosotros, los hombres, queremos trazar. Ese hombre desconocido que invocaba el nombre de Jesús no era parte del círculo íntimo de los apóstoles, pero su acción no fue rechazada por el Señor. Al contrario, Jesús lo acoge como alguien que, de algún modo, participa en su obra. Esto nos lleva a una enseñanza clave en la fe católica: Dios puede obrar más allá de lo que vemos o controlamos. Como dice el Catecismo, la gracia no está atada exclusivamente a los sacramentos o a la estructura visible de la Iglesia; aquí vemos un reflejo de esa libertad divina.

Pero este pasaje no es solo un recordatorio de la grandeza de Dios; también es una invitación a la humildad. Juan y los discípulos, con su intento de “prohibir”, caen en una tentación que conocemos bien: querer encerrar a Dios en nuestro propio grupo, en nuestro “nosotros”. Jesús corrige suavemente esa actitud y nos enseña a no ver con desconfianza a quienes, sin ser parte de nuestra comunidad inmediata, actúan en su nombre con buena intención. La Iglesia, siguiendo esta línea, ha reflexionado mucho sobre esto, especialmente en tiempos modernos. El Concilio Vaticano II, por ejemplo, nos habla de cómo hay elementos de verdad y santidad incluso fuera de los límites visibles de la Iglesia, siempre que no se opongan a Cristo.

Además, hay algo poderoso en el hecho de que ese hombre pudiera expulsar demonios usando el nombre de Jesús. Para la tradición católica, esto señala la fuerza única de ese nombre, un nombre que tiene autoridad sobre el mal y que puede ser un canal de milagros. No es casualidad que la devoción al Santo Nombre de Jesús sea tan querida en nuestra fe; este pasaje nos muestra por qué: su poder trasciende incluso a quienes no caminan formalmente con los apóstoles.

Entonces, ¿qué nos deja Marcos 9:38-40? Una lección de apertura, de confianza en la acción de Dios y de rechazo al sectarismo. Nos pide que, como Iglesia, no nos cerremos en nosotros mismos ni juzguemos apresuradamente a quienes parecen estar fuera, sino que reconozcamos que quien no está contra Cristo está, de alguna manera, a su favor. Es una llamada a vivir la fe con generosidad, sabiendo que el Señor obra donde quiere y como quiere, siempre para bien de los que lo invocan.


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