Evitar la Hipocresía: Reflexiones de la Cuaresma

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18 de marzo

san Cirilo de Jerusalén

Isaías 1:10, 16-20 Salmos 50:8-9, 16-17, 21, 23 Mateo 23:1-12

Hagan lo que dicen, No lo que hacen

“Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado’” (Mateo 23:12).

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En Mateo 23:1-12, Jesús se dirige a las multitudes y a sus discípulos con una enseñanza que combina advertencia y exhortación. Habla de los escribas y fariseos, quienes ocupan «la cátedra de Moisés», es decir, tienen autoridad para enseñar la Ley. Jesús reconoce esa autoridad al decir: «Hagan y cumplan todo lo que les digan», pero inmediatamente añade una crítica mordaz: «Pero no imiten sus obras, porque dicen y no hacen». Desde la doctrina católica, este pasaje nos invita a reflexionar sobre la coherencia entre la fe profesada y la vida vivida. La Iglesia enseña que la autenticidad de la fe se manifiesta en las obras (Santiago 2:17), y aquí Jesús pone de relieve la hipocresía como un obstáculo para la verdadera santidad.

Los fariseos, según Jesús, «atan cargas pesadas y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos no mueven un dedo para llevarlas». Este reproche resuena con la enseñanza católica sobre la misericordia y la caridad. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1829) nos recuerda que el amor es paciente y no busca el propio interés; por tanto, imponer exigencias sin acompañar al prójimo con compasión es contrario al espíritu del Evangelio. Jesús denuncia esa actitud que busca la apariencia de piedad sin la sustancia del amor.

Además, el Señor critica la vanidad de los fariseos: «Todo lo hacen para que los vea la gente». Amplían sus filacterias, alargan los flecos de sus mantos, buscan los primeros puestos y los títulos honoríficos. Aquí, la doctrina católica encuentra una advertencia contra el pecado de la soberbia, raíz de muchos males según Santo Tomás de Aquino. La humildad, virtud tan cara al corazón de Cristo, es el antídoto que Jesús propone. En la tradición católica, esta humildad se ve ejemplificada en María, quien se proclama «esclava del Señor» (Lucas 1:38), y en el mismo Jesús, que «se humilló a sí mismo» (Filipenses 2:8).

El clímax del pasaje llega con las palabras: «El mayor entre ustedes será su servidor. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». Este principio es piedra angular de la moral católica. El Concilio Vaticano II, en Gaudium et Spes (n. 24), subraya que el hombre se realiza plenamente sirviendo a los demás, a imagen de Cristo, el Siervo Sufriente. La humildad no es autodegradación, sino reconocimiento de que toda grandeza viene de Dios, nuestro único «Padre» y «Maestro», como Jesús enfatiza al rechazar los títulos vacíos.

Para terminar, Mateo 23:1-12, nos llama a vivir una religión del corazón, no de la apariencia; a ejercer la autoridad como servicio, no como dominio; y a buscar la gloria de Dios por encima de la alabanza humana. Es una invitación perenne a examinarnos, a despojarnos de la hipocresía y a abrazar la humildad como camino hacia la verdadera exaltación en el Reino de Dios.

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