1 de abril
Ezequiel 47:1-9, 12 Salmos 46:2-3, 5-6, 8-9 Juan 5:1-16
“Levántate”
“Vi que el agua fluía …” (Ezequiel 47:2).
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Juan 5:1-16 nos presenta el conmovedor relato de la curación del paralítico en la piscina de Bethesda, un pasaje que invita a la reflexión desde la fe católica sobre la misericordia de Dios, el poder de Cristo y la respuesta humana a la gracia divina.
El evangelio narra cómo Jesús, al llegar a Jerusalén con motivo de una fiesta, se encuentra con un hombre que llevaba treinta y ocho años postrado por su enfermedad. La escena tiene lugar junto a la piscina de Bethesda, donde los enfermos aguardaban el movimiento del agua, creyendo que un ángel les traería sanación. Este hombre, olvidado por el mundo y sin nadie que lo ayudara a entrar en el agua, representa a la humanidad herida por el pecado, incapaz de salvarse por sus propias fuerzas. La pregunta de Jesús, «¿Quieres quedar sano?», no es solo una invitación a la curación física, sino un eco del llamado profundo que Dios hace a cada alma: el deseo de restaurarnos a la plenitud de vida en Él.
Este pasaje resalta la iniciativa de la gracia divina. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1996) enseña que «la gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada». Jesús no espera que el hombre le pida ayuda; lo ve, lo conoce y actúa por pura misericordia. Su mandato, «Levántate, toma tu camilla y anda», es una palabra creadora y redentora, similar a la que pronunció en el Génesis para dar vida al mundo. Aquí, Cristo revela su divinidad: Él es el Verbo encarnado que tiene poder sobre la enfermedad y el pecado, como afirma el Concilio de Trento al hablar de Cristo como el Salvador que «nos mereció la justificación» (Sesión VI, cap. 7).
Sin embargo, el relato también nos interpela sobre nuestra respuesta a la gracia. El paralítico, al ser sanado, obedece y camina, pero luego enfrenta la crítica de los judíos por llevar su camilla en sábado. Este detalle subraya la tensión entre la ley humana y la libertad que trae Cristo. La Iglesia, fiel a las enseñanzas de Jesús, nos recuerda que el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado (Mc 2:27), y que la caridad y la misericordia están por encima de las observancias rígidas. Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologiae (I-II, q. 107, a. 4), explica que la Nueva Ley de Cristo perfecciona la Antigua al centrarse en el amor y la intención del corazón.
Finalmente, el encuentro posterior de Jesús con el hombre sanado, cuando le dice «No peques más, para que no te ocurra algo peor», nos lleva a contemplar la dimensión espiritual de la curación. En la tradición católica, la enfermedad física puede ser signo del mal espiritual, y la sanación completa incluye la liberación del pecado. Este llamado a la conversión resuena en el sacramento de la Reconciliación, donde Cristo sigue sanando nuestras almas para que vivamos en su gracia.
Así, Juan 5:1-16 es un testimonio del amor infinito de Dios, que busca al que sufre, lo levanta y lo invita a una vida nueva. Nos enseña que, como el paralítico, estamos llamados a confiar en la misericordia de Cristo, a obedecer su palabra y a caminar con Él hacia la santidad.
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