26 de abril
Sábado de Pascua
Hechos 4:13-21 Salmos 118:1, 14-21 Marcos 16:9-15
Apóstol de los Apóstoles
“…y les reprochó su incredulidad…” (Marcos 16:14).
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El extracto de Marcos 16:9-15, conocido como el «final largo» del Evangelio según San Marcos, nos presenta un relato vibrante y teológicamente rico sobre la Resurrección de Jesucristo y su mandato misionero a los discípulos. Desde la perspectiva de la doctrina católica, este texto ilumina verdades fundamentales sobre la fe, la misión de la Iglesia y la respuesta humana al misterio pascual.
El pasaje comienza con la aparición de Jesús resucitado a María Magdalena, «de la que había expulsado siete demonios» (Mc 16:9). Este detalle no es trivial; María, transformada por la gracia de Cristo, se convierte en la primera testigo de la Resurrección, un hecho que resalta la dignidad redimida de cada persona, sin importar su pasado. La tradición católica la venera como la «apóstol de los apóstoles», pues lleva la Buena Nueva a los discípulos. Aquí se manifiesta la pedagogía divina: Dios elige lo humilde y lo débil para confundir a los fuertes (cf. 1 Cor 1:27). Sin embargo, los discípulos no creen en su testimonio, ni en el de los dos que encontraron a Jesús en el camino (Mc 16:12-13). Esta incredulidad inicial refleja la fragilidad humana ante el misterio de la Resurrección, un evento que trasciende la razón y exige un acto de fe. La doctrina católica subraya que la fe es un don de Dios, pero requiere la apertura del corazón para acogerlo.
La reprensión de Jesús a los discípulos por su «incredulidad y dureza de corazón» (Mc 16:14) no es un mero reproche, sino una llamada a la conversión. La Resurrección no es solo un hecho histórico, sino un acontecimiento que transforma la existencia. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 643-645), la Resurrección es un misterio que confirma la divinidad de Cristo y la verdad de su enseñanza. La incredulidad de los discípulos nos recuerda que, incluso los más cercanos a Jesús, necesitan la gracia para abrazar plenamente la fe.
El mandato final de Jesús, «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16:15), constituye el corazón de la misión de la Iglesia. Este «mandato misionero» es universal: no hay límites geográficos, culturales ni sociales. La Buena Nueva es para «toda la creación», lo que implica no solo a la humanidad, sino a toda la realidad creada, que será renovada en Cristo (cf. Rom 8:19-21). La Iglesia, como Cuerpo de Cristo, tiene la responsabilidad de ser sacramento de salvación en el mundo, llevando el Evangelio con palabras y obras. El Concilio Vaticano II, en Gaudium et Spes (n. 45), reafirma esta misión: la Iglesia existe para continuar la obra redentora de Cristo, anunciando la salvación a todos los pueblos.
El pasaje también menciona que «el que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16:16). Aquí se destaca la importancia del Bautismo como puerta de entrada a la vida en Cristo y la necesidad de la fe personal. La doctrina católica enseña que la salvación es un don ofrecido gratuitamente por Dios, pero requiere una respuesta libre y consciente (cf. Catecismo, n. 1253). La mención de la condenación no debe interpretarse como un juicio arbitrario, sino como la consecuencia de rechazar libremente la gracia salvífica. Dios respeta la libertad humana, aunque su deseo es que «todos los hombres se salven» (1 Tim 2:4).
En conclusión, Marcos 16:9-15 nos invita a contemplar la Resurrección como el fundamento de nuestra fe y el impulso para la misión. Nos desafía a superar la incredulidad, a acoger la gracia de la fe y a ser testigos valientes del Evangelio en el mundo. Como María Magdalena y los discípulos, estamos llamados a encontrarnos con el Resucitado, dejarnos transformar por Él y llevar su luz a toda la creación, confiando en que Él obra con nosotros (Mc 16:20). En este tiempo pascual, que este pasaje reavive en nosotros el ardor misionero y la alegría de ser discípulos de Cristo.
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