July 30, 2025
Éxodo 34, 29-35 Salmo 98, 5. 6. 7. 9 Mateo 13, 44-46
Miércoles de la XVII semana del Tiempo ordinario
Santo es el Señor, nuestro Dios
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El pasaje de Mateo 13, 44-46 recoge dos breves parábolas: la del tesoro escondido y la de la perla preciosa. Ambas son imágenes del Reino de los Cielos, y su enseñanza se centra en el valor incomparable del Reino y la disposición total que exige al creyente.
“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; el que lo encuentra, lo esconde de nuevo y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.
También se parece el Reino de los Cielos a un comerciante que busca perlas finas; al encontrar una de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.”
Estas parábolas subrayan el valor absoluto del Reino de Dios, que merece cualquier sacrificio. La doctrina católica enseña que el Reino no es solo un lugar o un futuro lejano, sino la presencia viva de Cristo en el alma y en la Iglesia. Cristo mismo es el Reino en persona (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2816). Quien descubre su valor comprende que todo lo demás palidece en comparación.
Santo Tomás de Aquino, en su Catena Aurea, comenta este pasaje reuniendo la voz de los Padres. Para él, el tesoro es Cristo y la gracia que nos comunica. Cristo es el “tesoro escondido” en la humanidad y en las Escrituras, que solo se revela plenamente al corazón que lo busca sinceramente. Por eso, el hombre que lo encuentra “vende todo” —esto es, renuncia al apego a los bienes terrenos— para poseer el verdadero bien.
En la Suma Teológica (I-II, q. 2), Santo Tomás enseña que el fin último del hombre es la bienaventuranza, y esta solo puede alcanzarse en Dios. Las riquezas, placeres o dignidades son bienes limitados y pasajeros; solo Dios es el bien supremo. Este pasaje de Mateo muestra cómo, al encontrar el verdadero Bien, el hombre sabio no duda en desprenderse de todo lo demás.
Reflexión espiritual
Estas parábolas llaman a un discernimiento personal: ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Estoy dispuesto a “venderlo todo” —mi comodidad, mis seguridades, mi pecado— por el Reino? El gozo del hombre que encuentra el tesoro indica que la renuncia cristiana no es amarga ni forzada, sino fruto del amor y de la sabiduría espiritual.
El acto de “vender todo” recuerda la enseñanza evangélica sobre el desprendimiento evangélico, que no se limita a los religiosos o consagrados, sino a todo bautizado. La verdadera libertad cristiana consiste en no estar atados a nada que no sea Dios.
El Reino de los Cielos —Cristo mismo— es la perla preciosa y el tesoro escondido. La vida cristiana es una búsqueda constante, que exige renuncias, pero llena de una alegría espiritual que supera toda ganancia terrena. Como enseña Santo Tomás, solo el que orienta su vida al Bien Supremo encuentra la verdadera felicidad. La fe, entonces, no es solo conocimiento, sino entrega y decisión radical.
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