Relato andino real de una visita infernal
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En los cerros húmedos y fríos del Azuay, donde la neblina suele descender al caer la tarde como un velo de los muertos, vivía un maestro solitario. Su casa, hecha de adobe viejo y techo de paja, servía también de escuela para los niños campesinos de los alrededores. Era un lugar pobre, de paredes resquebrajadas y con un olor a tierra húmeda y tizne de candil.
Aquel maestro, aunque instruido, tenía una lengua viperina. Maldecía al sol por quemarlo, al viento por enfriar sus huesos, a los niños por su torpeza, y hasta a Dios por su pobreza. Las blasfemias eran su pan diario, y su voz ronca resonaba entre las colinas como un eco impuro.
Una noche, cuando el silencio del campo era tan hondo que se oía el respirar de los bueyes dormidos, el maestro despertó sobresaltado. En la oscuridad de su habitación, le pareció escuchar un leve arrastre, como si algo —o alguien— caminara en el aula contigua. Luego vino un soplo de aire: una brisa extraña, errante, cargada de un olor a azufre y tierra mojada.
El hombre se incorporó lentamente. El ambiente se sentía pesado, como si la neblina hubiera invadido su cuarto. Apenas podía distinguir los contornos de su cama. Cada sombra parecía moverse con voluntad propia.
Entonces lo sintió: algo caliente, sofocante, se deslizó a su lado, hundiendo el colchón. Una respiración densa y ardiente rozó su nuca. Intentó moverse, pero su cuerpo estaba paralizado por un terror mudo. El sudor le corría por la frente y el corazón le latía con fuerza en el pecho.
Con mano temblorosa, tanteó lo que le envolvía el abdomen. No era humano. Era una extremidad cubierta de un pelaje grueso y caliente. Su piel se erizó al darse cuenta de que no era una pata… sino una cola, larga y viva, que se movía lentamente sobre él.
Una voz grave, ronca como el crujir del fuego, le susurró al oído:
—No luches… tú ya eres mío.
El maestro sintió cómo aquella cola le apretaba más, como una serpiente que reclama su presa. La voz continuó, con un tono burlón:
—Tus palabras me han abierto la puerta. Cada maldición, cada blasfemia que enseñaste con tu lengua inmunda me pertenece. Y gracias a ti, algunos de tus niños también están marcados.
En ese instante, en medio del terror, el maestro recordó las oraciones que su madre le había enseñado en su niñez, aquellas que había olvidado entre insultos y desesperanza. Con el poco aliento que le quedaba, murmuró un “Padre nuestro” casi inaudible.
La criatura se estremeció, soltando un gruñido furioso. El aire se volvió aún más denso, y la brisa que antes era ardiente se transformó en un viento helado. El maestro siguió rezando, palabra por palabra, con lágrimas que se mezclaban con su sudor.
Cuando pronunció el “líbranos del mal”, un grito desgarrador llenó la habitación. La cola se retiró de golpe, y un resplandor blanco —no del fuego, sino de una luz pura— cruzó el cuarto. Todo quedó en silencio.
Al amanecer, el maestro salió de su casa. El aire estaba claro y el cielo, despejado. Se arrodilló frente a la pequeña cruz de madera que había frente al aula y, entre sollozos, pidió perdón. Desde entonces, cambió su modo de hablar: ya no maldecía, sino que enseñaba con dulzura, rezaba con los niños antes de comenzar las clases y hablaba de la bondad de Dios.
Dicen que desde aquel día, el aula dejó de oler a azufre, y que cuando sopla el viento en las tardes de neblina, ya no se oyen blasfemias… sino cantos suaves, como de un maestro que aprendió —entre el fuego y el miedo— el valor de una sola palabra santa.
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- 𝘌𝘭 𝘓𝘢𝘵𝘪𝘥𝘰 𝘖𝘤𝘶𝘭𝘵𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘈𝘳𝘳𝘰𝘺𝘰
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Este relato deja una muy buena reflexión, hay que dar gracias a Dios por todo lo bueno que pone en nuestras vidas