El corazón que se humilla será exaltado

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Octubre 26, 2025

Eclesiástico (Sirácide) 35, 12-17. 20-22 Salmo 33, 2-3. 17-18. 19 y 23 2 Timoteo 4, 6-8. 16-18 Lucas 18, 9-14

XXX Domingo ordinario

El Señor no está lejos de sus fieles

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En este pasaje, Jesús narra la parábola del fariseo y el publicano que suben al templo a orar. El fariseo, seguro de su propia justicia, se compara con los demás hombres y se gloría de sus ayunos y limosnas; el publicano, en cambio, se queda a distancia, sin atreverse a levantar los ojos al cielo, y sólo suplica: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador.” Jesús concluye con una sentencia que trastoca las apariencias humanas: “Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.”

Esta parábola nos muestra el núcleo del verdadero culto que agrada a Dios: la humildad del corazón. La oración no es un escenario donde el hombre expone sus méritos, sino un espacio donde se reconoce su pobreza ante la infinita misericordia divina. El fariseo representa la justicia fundada en las obras exteriores sin conversión interior; el publicano, por el contrario, simboliza al pecador arrepentido que abre su alma al perdón. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “la humildad es el fundamento de la oración” (CIC 2559), porque sólo quien se sabe necesitado de Dios puede realmente entrar en comunión con Él.

Santo Tomás de Aquino, al comentar esta enseñanza, señala que la oración del fariseo carece de eficacia porque “busca su propia gloria y no la de Dios” (Summa Theologiae, II-II, q. 83, a. 15). La verdadera oración —añade el Doctor Angélico— nace de la caridad y de la humildad, pues “el hombre debe reconocerse inferior ante la majestad divina”. Para Santo Tomás, la justificación del publicano no procede de sus palabras, sino de la disposición interior que lo mueve a la contrición perfecta, aquella que abre el alma a la gracia santificante.

Esta parábola nos recuerda, además, que la medida del valor de nuestras obras no está en su cantidad ni en su apariencia, sino en la intención del corazón. El fariseo ayuna y da limosnas, pero lo hace “para ser visto”; el publicano, en su pobreza espiritual, no ofrece nada sino su arrepentimiento, y eso basta para que Dios lo justifique. En palabras de Santo Tomás, “Dios mira el corazón más que las obras, porque las obras son buenas sólo si proceden de un corazón recto” (Comentario al Evangelio de San Juan, c. 4, lec. 3).

Así, el Evangelio de hoy nos enseña que la verdadera justicia no consiste en compararnos con otros, sino en medirnos ante Dios. La humildad no humilla, sino que eleva; no encierra en el desprecio de sí, sino que abre el alma al amor divino. Quien reconoce su pecado no se pierde, sino que encuentra la mirada misericordiosa del Padre.

El camino del publicano es, en definitiva, el camino del cristiano: entrar al templo del corazón, golpearse el pecho, y dejar que la gracia transforme la miseria en alabanza. Porque en el Reino de Dios, sólo el corazón contrito puede subir justificado.

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