La liberación en el día del Señor

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Octubre 27, 2025

Romanos 8, 12-17 Salmo 67, 2 y 4. 6-7ab. 20-21 Lucas 13, 10-17

Lunes de la XXX semana del Tiempo ordinario

Bendito sea el Señor, que nos salva

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En este pasaje del Evangelio según san Lucas, Jesús enseña en una sinagoga un sábado, y allí se encuentra con una mujer encorvada desde hace dieciocho años, imposibilitada de enderezarse. Al verla, el Señor la llama y le dice: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad.” Inmediatamente se endereza y glorifica a Dios. Sin embargo, el jefe de la sinagoga se indigna porque la curación ocurrió en sábado, día consagrado al descanso. Jesús le responde con firmeza: “Hipócrita, ¿no desata cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber, aunque sea sábado? Y a esta hija de Abrahán, ¿no había que soltarla de su ligadura en día de sábado?”

Este milagro revela la verdadera intención de la Ley y la supremacía de la misericordia sobre el legalismo. El sábado fue instituido para el bien del hombre, no para su esclavitud. La acción de Cristo manifiesta que el descanso sabático encuentra su plenitud en la obra divina de la redención: liberar al hombre del peso del pecado y de toda opresión. Así, la curación de la mujer encorvada es signo de la restauración interior que Cristo realiza en cada alma. Ella representa a la humanidad doblada por el peso de la culpa, incapaz de mirar al cielo, hasta que la voz de Cristo la endereza y le devuelve la dignidad de hija de Dios.

Santo Tomás de Aquino, al reflexionar sobre este episodio, enseña que el milagro corporal es figura de la gracia espiritual: “Así como el cuerpo de la mujer fue enderezado por la palabra de Cristo, así el alma se endereza por la gracia que levanta de la curvatura del pecado hacia la contemplación de los bienes eternos” (Catena Aurea, Lc 13, 10-17). Para el Doctor Angélico, la enfermedad de la mujer simboliza la inclinación desordenada hacia las cosas terrenas, fruto del pecado original, que encorva el alma impidiéndole mirar hacia Dios. Cristo, como médico divino, no sólo sana el cuerpo sino que libera el espíritu, cumpliendo en sí mismo la finalidad más profunda del sábado: el descanso del alma en la gracia divina.

En esta escena también se revela la ceguera espiritual de quienes, aferrados a la letra de la ley, olvidan el espíritu de amor que la anima. Jesús denuncia la hipocresía de quienes cuidan del animal pero no del ser humano, recordando que toda ley está subordinada al amor. Como enseña el Catecismo (CIC 2173), “Cristo, al sanar en sábado, no contraviene la Ley, sino que manifiesta su sentido auténtico: el servicio de Dios y del prójimo.

La mujer encorvada se convierte así en modelo de fe y gratitud. No pide la curación, pero recibe el don; no argumenta ni se defiende, sino que al ser liberada, alaba a Dios. Es el alma que responde al toque gratuito de la gracia. En contraste, el jefe de la sinagoga encarna el corazón endurecido que, en nombre de la observancia, se resiste al amor.

Santo Tomás recuerda que “la verdadera libertad consiste en adherirse al bien” (Summa Theologiae, I-II, q. 17, a. 1). Por tanto, la liberación de la mujer no sólo fue física, sino moral y espiritual: quedó libre para alabar, libre para amar, libre para mirar a Dios. Esa es la libertad que Cristo quiere dar a todos los que viven oprimidos por el pecado, la culpa o la desesperanza.

El milagro en día de sábado no viola la ley divina: la cumple y la eleva, porque el mayor acto de culto es la misericordia. En el rostro de la mujer enderezada, Jesús nos muestra el destino del creyente: pasar del encorvamiento de la esclavitud a la verticalidad de la gracia, de la vergüenza a la alabanza.

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