El milagro de la lluvia inesperada
En el verano de 1642, mientras San Isaac Jogues misionaba entre los hurones y otros pueblos indígenas del noreste americano, una gran sequía golpeó los bosques y las aldeas. Los riachuelos se convirtieron en senderos de piedra seca, los pájaros emigraban antes de tiempo, y las cosechas empezaban a morir bajo un sol implacable.
Los ancianos de la aldea, inquietos, acudieron a Isaac, a quien ya consideraban un hombre de gran poder espiritual. Le dijeron:
—“Si tu Dios te escucha, pídele lluvia. Sin ella, moriremos.”
Isaac Jogues, debilitado por las persecuciones y el hambre, sabía que solo podía ofrecer una oración humilde. Reunió a la aldea entera en el claro central, donde el polvo se levantaba como humo con cada pisada.
Elevó una cruz hecha de dos ramas atadas con fibras, la levantó hacia el cielo encendido y comenzó a rezar en voz baja, en latín y en huron, pidiendo misericordia:
“Señor, mira la necesidad de tus hijos. Envía la lluvia que dé vida.”
Mientras oraba, un silencio profundo cayó sobre el bosque. Los indígenas, incluso los más escépticos, sintieron un estremecimiento que recorrió la tierra.
Entonces, contra toda previsión, un viento frío se levantó desde el norte. Las nubes comenzaron a formarse como si surgieran de la nada. En cuestión de minutos, el cielo se oscureció y un trueno retumbó con fuerza.
Una lluvia torrencial cayó sobre la aldea, empapando a todos. Los niños reían, los ancianos lloraban, y los cazadores elevaban las manos al cielo en señal de gratitud. No era una llovizna pasajera, sino una lluvia abundante que duró horas, salvando las cosechas y llenando los ríos secos.
Cuando terminó, los líderes de la aldea se acercaron a Isaac y le dijeron:
—“Tu Dios es poderoso. Ha escuchado tu oración. Te quedas entre nosotros como amigo.”
Ese día, para muchos, el Dios que predicaba Isaac Jogues dejó de ser un desconocido y se convirtió en el Dador de la Vida.
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