Un milagro de Conversión

El milagro del ingeniero imperial

Santa Catalina de Alejandría

Cuando el emperador Majencio había ordenado construir una nueva máquina de tortura para los cristianos —una enorme rueda de cuchillas afiladas—, convocó a un reconocido ingeniero de Alejandría, famoso por su habilidad y por su lealtad al imperio. El hombre, llamado Aquilón, era pagano, orgulloso de su ciencia y convencido de que ningún dios interfería en los asuntos humanos.

Sin embargo, la noche anterior a la prueba del nuevo artefacto, Aquilón no pudo dormir. Una inquietud extraña le oprimía el pecho. Para despejar su mente, paseó por los pasillos del palacio y escuchó comentarios de soldados:
—Mañana probarán la rueda con la princesa Catalina, una de los cristianos —dijo uno.
—Dicen que hasta los filósofos del imperio no pudieron con ella —respondió otro.

Aquilón, curioso, quiso ver a aquella joven que, según rumores, hablaba con una sabiduría que superaba la de los doctos.

Cuando la vio, quedó desconcertado: no encontró miedo en su rostro, sino serenidad. Catalina estaba en oración, pidiendo a Cristo fortaleza. Aquilón sintió una punzada de duda: ¿qué fuerza es esa que le permite estar en paz ante la muerte?

La mañana siguiente llegó el momento decisivo. La multitud se reunió en la plaza. Los soldados colocaron a Catalina frente a la rueda de cuchillas, brillante bajo el sol. Majencio ordenó:
—¡Que la máquina se ponga en marcha!

Cuando los oficiales levantaron la rueda para soltarla, un estruendo inesperado sacudió el aire. Un relámpago bajó del cielo, golpeó el artefacto y lo hizo pedazos ante todos los presentes. Las cuchillas salieron disparadas, hiriendo a varios verdugos, mientras Catalina permanecía intacta, sin un solo rasguño.

La multitud retrocedió con temor. Majencio, pálido de furia, no podía comprenderlo.

Aquilón cayó de rodillas, temblando.
—Este Dios la ha protegido —murmuró—. Ninguna ciencia humana puede explicar lo que vi.

En público declaró:
—¡Yo también creo en Cristo!

Fue arrestado en el acto. Catalina, con compasión, le dijo:
—No temas, Aquilón. Hoy naces para la vida verdadera.

Según la tradición, el ingeniero murió mártir ese mismo día, firme en su nueva fe. Catalina, por su parte, fue llevada a otro suplicio, pero aquel milagro se convirtió en uno de los hechos más difundidos y venerados de su vida.

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