Memoria de Santa Lucia, virgen y mártir

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Diciembre 13, 2025

Eclesiástico (Sirácide) 48, 1-4. 9-11 Salmo 79, 2ac. 3b. 15-16. 18-19 Mateo 17, 10-13

Memoria de Santa Lucia, virgen y mártir

Ven, Señor, a salvarnos

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El Mesías que sufre: Elías ya ha venido y no lo reconocieron

El misterio del Reino se revela a quienes aceptan que la gloria de Dios pasa por el camino de la humildad.

Tras la visión luminosa de la Transfiguración, los discípulos descienden del monte con preguntas en el corazón. Acaban de ver a Jesús glorioso junto a Moisés y Elías, pero la enseñanza del Maestro sobre su pasión los desconcierta. Por eso le preguntan: “¿Por qué dicen los escribas que primero debe venir Elías?” Según la tradición profética, Elías debía volver para preparar la llegada del Mesías. Y en su lógica humana, si el Mesías está presente, Elías debería haber aparecido visiblemente en la historia.

Jesús responde con una profundidad que une la Escritura con su cumplimiento: “Elías ya ha venido, pero no lo reconocieron, sino que hicieron con él lo que quisieron.” Con estas palabras, el Señor revela que Juan el Bautista ha sido el verdadero Elías, no en su identidad personal, sino en misión, espíritu y poder. Santo Tomás de Aquino explica que Juan realiza la función de Elías porque prepara el corazón del pueblo para la conversión, con el mismo fuego del celo y la misma fidelidad radical a Dios. El parecido no es físico, sino espiritual: ambos son heraldos del Mesías, llamas encendidas que iluminan antes del amanecer.

Pero el destino de Juan revela algo más profundo: el rechazo del Precursor anticipa el rechazo del Mesías. Jesús declara: “Así también el Hijo del Hombre va a padecer de parte de ellos.” Santo Tomás enseña que este paralelismo entre Juan y Cristo muestra que la historia de la salvación pasa por la incomprensión y el sufrimiento. No porque Dios ame el dolor, sino porque el corazón humano, endurecido por el pecado, resiste la luz. La muerte de Juan —víctima de la injusticia, la debilidad moral y la soberbia humana— anuncia la Cruz.

Esta enseñanza no busca infundir temor, sino abrir los ojos. El Reino no aparece con poder ruidoso ni signos espectaculares, sino con la discreción del justo que sufre. Elías vino en Juan, pero muchos no lo reconocieron porque esperaban algo distinto. Del mismo modo, Jesús está delante de ellos, pero su gloria se oculta bajo la humildad. Santo Tomás afirma que Dios se revela allí donde el orgullo no mira: en lo pequeño, en lo pobre, en lo débil, en lo que no se impone.

Al comprender que Juan era el Elías anunciado, los discípulos descubren que la historia se está cumpliendo ante sus ojos, pero de una manera nueva y desconcertante. La Transfiguración les mostró la gloria futura; esta enseñanza les recuerda que para llegar allí es necesario atravesar la Cruz. El discípulo auténtico no se escandaliza del sufrimiento, porque sabe que la luz pasa por la noche.

Este pasaje invita a mirar la historia con fe profunda. Dios cumple sus promesas, pero no siempre como nosotros imaginamos. Elías vino, pero vino en la pobreza del desierto. El Mesías llegó, pero llegó en la humildad de la carne. Y así también llega hoy: en los signos discretos, en lo cotidiano, en lo que exige ojos de fe para ser reconocido.

Quien acepta la humildad del plan de Dios entra en el misterio de Cristo. Quien reconoce al Elías que ya vino, puede reconocer también al Mesías que ya está presente. El Reino no se impone: se revela a los corazones que escuchan.

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