Diciembre 25, 2025
Isaίas 52, 7-10 Salmo 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6. Hebreos 1, 1-6 Juan 1, 1-18 o 1, 1-5. 9-14
La Natividad del Señor (Navidad)
Misa del día
Toda la tierra ha visto al Salvador
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El Prólogo de Juan: la Palabra eterna que se hace luz, carne y gracia para el mundo
En estos versículos, la eternidad se deja oír, la luz se hace visible y Dios se hace alcanzable: el Verbo se hace uno de nosotros para revelarnos el rostro del Padre.
El prólogo del Evangelio de Juan —“En el principio era la Palabra…”— es una de las cumbres más altas de toda la Sagrada Escritura. No es solo introducción: es revelación. Juan no empieza con la genealogía humana de Jesús, sino con su genealogía divina. Antes de Abraham, antes de Adán, antes del tiempo, era el Verbo (Logos). Santo Tomás de Aquino enseña que este “era” expresa existencia eterna, sin principio ni cambio. El Verbo no viene después de Dios: es Dios, consustancial al Padre, luz que brota de la luz.
“Y la Palabra estaba junto a Dios.”
Aquí Juan describe la relación eterna entre el Padre y el Hijo. No se trata de cercanía espacial, sino de comunión perfecta. Santo Tomás explica que el Verbo es la expresión interior del Padre, su pensamiento eterno, su sabiduría subsistente. El Hijo es la Palabra que el Padre pronuncia desde siempre, y en quien se conoce y se ama infinitamente.
“Todo se hizo por medio de Él.”
La creación no es un acto bruto de poder, sino un acto de sabiduría. El mundo tiene orden porque procede del Logos. En Cristo, el Verbo encarnado, se revela que el sentido último de la creación no es la materia, sino el amor.
Juan afirma: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.”
Esta frase contiene toda la historia de la salvación. La luz es la vida divina; las tinieblas son el pecado y la ignorancia. Pero las tinieblas no pueden vencer la luz, porque carecen de consistencia propia. Santo Tomás dirá que el mal no es fuerza, sino privación: la luz siempre tiene la última palabra.
Luego aparece Juan el Bautista, “para dar testimonio de la luz.” El Aquinate señala que la luz no necesita testigos por debilidad, sino por amor: Dios quiere llegar al hombre a través del hombre. Juan prepara el corazón para recibir la revelación plena.
Viene entonces una de las frases más conmovedoras del Evangelio:
“Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron.”
El Verbo creador entra en la historia, pero muchos no lo reconocen. No por falta de pruebas, sino por falta de apertura. El orgullo oscurece más que la noche. Pero el rechazo no detiene la gracia:
“A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios.”
Santo Tomás explica que esta filiación no es metafórica ni moral, sino real: por la gracia, el alma recibe una participación en la vida divina. No somos solo criaturas: en Cristo, somos hijos.
Todo culmina en la frase que cambió la historia:
“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.”
No se hizo apariencia, ni idea, ni mito: carne, la realidad humana concreta, con todas sus fragilidades menos el pecado. El Aquinate enseña que esta unión hipostática —la divinidad y la humanidad en una sola persona— es el milagro supremo, raíz de todos los demás. Dios no nos salva desde lejos: entra en nuestra historia, habla nuestro lenguaje, camina y sufre con nosotros.
“Hemos contemplado su gloria.”
La gloria de Cristo no es brillo exterior, sino amor que se entrega hasta el extremo. Su gloria es la Cruz, donde la luz vence a las tinieblas para siempre.
Finalmente, Juan declara:
“De su plenitud todos hemos recibido, gracia sobre gracia.”
La vida cristiana no se sostiene en méritos, sino en don. Una gracia nos lleva a otra, como olas de un mar inagotable. La Ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad han venido por Jesucristo. Moisés mostró el camino; Cristo es el camino.
El prólogo termina revelando el corazón del misterio:
“Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha revelado.”
Solo Cristo puede mostrar al Padre porque solo Él vive en su intimidad eterna. Quien ve a Jesús, ve al Padre. Quien escucha al Verbo, escucha la Voz eterna.
En Juan 1, 1-18, la eternidad se inclina hacia el tiempo para darle sentido, y la luz se hace carne para que el hombre no camine más en sombras.
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