January 3, 2026Sábado del Tiempo de NavidadJanuary 3, 2026

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3 de enero de 2026

1 Juan 2, 29–3, 6 Salmo 97:1, 3cd-4, 5-6 Juan 1,29-34

Sábado del Tiempo de Navidad

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.

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El Cordero de Dios: cuando Juan reconoce al Invisible y lo manifiesta al mundo

La misión del Bautista culmina en señalar al Cristo que pasa, revelando que toda historia humana encuentra su sentido en Aquel que quita el pecado del mundo.

Al día siguiente de su testimonio ante los enviados de Jerusalén, Juan ve a Jesús que se acerca y pronuncia las palabras que se convertirán en el corazón de la liturgia cristiana:
“He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

Con esta frase, Juan no solo identifica a Jesús; revela su misión. No lo llama “Rey”, ni “Mesías”, ni “Maestro”, aunque lo es. Lo llama “Cordero”. En la mentalidad bíblica, el cordero evoca:

  • el cordero pascual cuya sangre salvó a Israel,
  • el siervo sufriente que carga con las culpas del pueblo,
  • el sacrificio cotidiano del templo,
  • la mansedumbre redentora del enviado de Dios.

Juan, iluminado por lo alto, reconoce que Jesús no viene a ser un líder político, sino el sacrificio vivo que reconciliará al mundo con Dios. Santo Tomás de Aquino explica que solo Cristo puede quitar el pecado porque únicamente Él une en su persona la naturaleza humana y la divina: al ser Dios, tiene poder; al ser hombre, puede ofrecerse en nuestro lugar.

Juan agrega una frase misteriosa:
“Yo no lo conocía.”
No significa que desconocía a Jesús como persona —eran parientes— sino que no conocía su identidad divina. Fue el Padre quien se la reveló mediante una señal:
“Aquel sobre quien veas descender y permanecer el Espíritu, ese es.”

Aquí aparece la clave teológica: el Espíritu no solo desciende, permanece. Es un indicio de que en Jesús reside la plenitud de la divinidad, sin medida ni límite. El mismo Espíritu que en el Antiguo Testamento venía de modo temporal sobre reyes y profetas, ahora descansa de manera definitiva en el Hijo. Santo Tomás comenta que esta permanencia indica identidad de naturaleza: el Espíritu está en Cristo como en su fuente eterna.

Juan reconoce entonces que su misión ha llegado a su cima. Toda su predicación, todo su bautismo, toda su vida apuntaban a este momento: señalar al Mesías que ya estaba entre los hombres pero que aún no era reconocido.

En esta escena, Juan realiza un acto de humildad absoluta y de lucidez espiritual. Él, que era considerado un profeta, declara con sencillez:
“Yo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios.”
El verbo “ver” es clave. No se trata de una deducción intelectual, sino de una revelación recibida y aceptada. Así como el alma humana necesita la luz para ver los objetos, el hombre necesita la gracia para reconocer al Verbo hecho carne. Santo Tomás diría que Juan recibe una iluminación especial que lo capacita para ser testigo autorizado de la manifestación del Hijo.

Este pasaje revela varias verdades fundamentales:

  • Cristo no es simplemente un maestro moral: es el Cordero sacrificio, el Salvador.
  • El pecado del mundo no se quita por esfuerzo humano, sino por la entrega de Cristo.
  • Juan no anuncia ideas, sino a una Persona viva que pasa y transforma.
  • El Espíritu que “permanece” indica la unión indivisible entre Jesús y la Trinidad.
  • La misión de todo discípulo es la misma de Juan: señalar a Cristo cuando pasa.

Juan el Bautista desaparece en el exacto momento en que Cristo aparece.
Él es la voz; Jesús, la Palabra.
Él señala; Jesús salva.
Él prepara; Jesús cumple.

Y así, en el Jordán, la historia humana y la historia divina se encuentran en un punto luminoso donde la salvación comienza a desplegarse.

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