27 de enero de 2026
2 Samuel 6, 12-15. 17-19 Salmo 23, 7. 8. 9. 10 Marcos 3, 31-35
Martes de la III semana del Tiempo ordinario
El Señor es el rey de la gloria
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«La familia nacida de la obediencia»
El evangelio sitúa a Jesús rodeado de una multitud que lo escucha, mientras su madre y sus parientes permanecen fuera y lo mandan llamar. La escena es delicada y profunda. No hay rechazo ni desprecio, sino una revelación progresiva del Reino. Jesús aprovecha esta situación para pronunciar una de las afirmaciones más decisivas del Evangelio:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»
La pregunta no busca desvalorizar los lazos de sangre, sino elevarlos. Santo Tomás de Aquino explica que Cristo no niega el orden natural —que Él mismo ha creado—, sino que lo ordena al orden sobrenatural. El parentesco según la carne es bueno; pero el parentesco según la gracia es más alto, porque nace de la voluntad de Dios y conduce a la vida eterna.
Jesús mira a quienes están sentados a su alrededor —los oyentes, los discípulos, los que acogen su palabra— y declara:
«Estos son mi madre y mis hermanos».
Aquí se revela la novedad cristiana: la verdadera familia de Cristo se constituye no por generación biológica, sino por comunión en la fe y en la obediencia. Para Tomás, la obediencia a Dios es la forma más alta de filiación, porque une la voluntad humana con la voluntad divina, que es fuente de toda vida.
La frase culminante del pasaje es clara y exigente:
«El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
No se trata solo de escuchar, sino de hacer. La fe auténtica es operativa, transformadora. Santo Tomás enseña que la caridad es el principio de toda obra buena; y cumplir la voluntad de Dios no es otra cosa que amar como Él ama. Allí donde hay caridad, hay verdadera pertenencia a Cristo.
Este texto no disminuye la grandeza de María; al contrario, la confirma. Ella es Madre de Cristo no solo por haberlo engendrado según la carne, sino porque cumplió perfectamente la voluntad de Dios. En ella se unen de modo único el parentesco natural y el espiritual. Por eso, en la lectura católica, María aparece como la primera y más perfecta discípula, el modelo acabado de esta nueva familia del Reino.
El pasaje interpela directamente al creyente. Nos recuerda que pertenecer a la Iglesia no es solo una identidad externa, sino una relación viva que se manifiesta en la obediencia cotidiana, en la escucha fiel de la Palabra y en la práctica del amor. Cristo no funda una comunidad cerrada, sino una familia abierta a todos los que acogen la voluntad del Padre.
En la escuela de Santo Tomás aprendemos que la gracia no destruye los vínculos humanos, sino que los transfigura. La familia cristiana, la comunidad eclesial y la fraternidad universal encuentran aquí su raíz: hacer la voluntad de Dios une más profundamente que la sangre.
Marcos 3, 31-35 nos revela así el corazón del Evangelio: Dios no solo quiere siervos, sino hijos; no solo oyentes, sino familia. Y esa familia nace cada vez que alguien, con libertad y amor, dice “sí” a la voluntad del Padre.
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