Martes de la I semana del tiempo ordinario

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13 de enero de 2026

1 Samuel 1, 9-20 1 Samuel 2, 1, 4-5, 6-7, 8abcd Marcos 1, 21-28

Martes de la I semana del tiempo ordinario

Mi corazón se alegra en Dios, mi salvador.

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«La autoridad que libera»

El evangelio nos introduce en un día de sábado en la sinagoga de Cafarnaúm. Allí Jesús enseña, y la gente queda «asombrada de su doctrina, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas». La escena es reveladora: antes de realizar un milagro, Cristo manifiesta la autoridad de su Palabra, una autoridad que no necesita apoyarse en citas humanas porque es la voz misma del Verbo eterno que ha tomado carne.

Según Santo Tomás de Aquino, Cristo posee una triple autoridad: autoridad de verdad, porque Él es la verdad misma; autoridad de santidad, porque su vida respalda sus palabras; y autoridad de poder, porque su divinidad actúa en las obras que realiza. Estas tres dimensiones aparecen en Cafarnaúm como un único resplandor: al enseñar, su palabra hiere el reino de la mentira; al actuar, su pureza desenmascara la impureza espiritual; al mandar, su poder destruye al enemigo.

El espíritu inmundo que se manifiesta en la sinagoga no soporta la presencia del Santo de Dios. La luz expone a las tinieblas. A veces se piensa que los demonios temen principalmente los milagros; sin embargo, Tomás observa que lo que más los atormenta es la verdad. La palabra de Cristo hiere porque revela, porque no se deja cubrir por la oscuridad. Por eso el demonio grita: «Sé quién eres: el Santo de Dios». Es un grito desesperado: la presencia de Jesús destruye el territorio que la mentira había construido.

Cuando Jesús ordena: «¡Cállate y sal de él!», cumple lo que el Aquinate explica sobre la obediencia de los seres espirituales ante la autoridad divina: incluso el mal debe doblegarse ante el Creador. Los demonios pueden resistirse a la gracia en los corazones humanos, pero no pueden resistir la orden directa del Verbo.

La gente queda maravillada y comenta: «Una enseñanza nueva, y con autoridad». La Iglesia ve en esta escena la manifestación del Reino que llega para liberar, no solo para instruir. No es una autoridad que domina, sino que restaura, que devuelve al hombre su dignidad y su libertad. La auténtica autoridad divina es medicinal, curativa, redentora.

Santo Tomás recuerda que Cristo es Médico del alma: la expulsión del demonio es parte de ese arte de sanar. Allí donde entraba el pecado, Cristo introduce la gracia; donde había esclavitud espiritual, instaura libertad interior. La maravilla de Cafarnaúm continúa en la Iglesia, que recibe del Señor el poder de enseñar con su autoridad y de liberar a través de los sacramentos —especialmente la Penitencia— donde el alma es purificada y restaurada.

La escena concluye con la noticia de Jesús propagándose por toda la región. Su fama no es mero prestigio humano: es el testimonio vivo de la presencia de Dios que actúa. Cada vez que la Palabra toca un corazón y lo sana, esa autoridad se sigue extendiendo en el mundo.

El creyente de hoy escucha este pasaje como una invitación: dejar que la verdad de Cristo expulse las sombras que intentan habitar en nosotros. Dejar que su palabra ilumine, que su autoridad sane, que su presencia purifique. Porque la verdadera libertad se encuentra —como enseña Santo Tomás— cuando la voluntad humana se ordena a la verdad divina, y allí el alma descansa en el único que puede decir: «Sal de él», y devolvernos a la vida.

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