El monje y la piedra que cantaba

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El monje y la piedra que cantaba

Obstáculos que nos enseñan: El camino de Aureliano

La abadía de Saint-Marcel estaba rodeada de colinas verdes, donde el viento producía un murmullo que los monjes llamaban la respiración de Dios. Entre sus claustros vivía el joven hermano Aureliano, recién llegado, ardiente en su deseo de santidad, pero impaciente como un caballo nuevo.

Cada mañana, antes del alba, Aureliano caminaba por el claustro hacia la iglesia para Laudes. Pero desde hacía semanas notaba algo inquietante: en el mismo punto del camino, siempre encontraba una piedra distinta. Un día era pequeña y redonda; al siguiente, puntiaguda; otro, plana como una teja vieja.

Al principio simplemente la pateaba fuera del camino. Pero, a medida que los días pasaban, la molestia crecía. Una mañana llegó tarde al coro porque tropezó y cayó de rodillas. —¿Por qué me sucede esto a mí? —refunfuñaba—. ¿Por qué nadie más encuentra obstáculos?

Un hermano mayor, al oírlo quejarse, comentó sin mucha delicadeza: —Quizá sea el
demonio tratando de distraerte de la oración. La idea inquietó a Aureliano, que desde entonces caminaba con sospecha, casi esperando que un enemigo invisible se escondiera detrás de cada columna.

Finalmente, una tarde, fue a ver al abad Odovico, un anciano de barba blanca como lana recién cardada. —Padre abad —dijo, agitado—, alguien está poniendo piedras para entorpecerme. Me distraen, me hacen tropezar, me llenan de rabia. El anciano lo miró largamente, luego sonrió con calma. —¿Y qué haces con ellas? —preguntó. —Las aparto para no tropezar. —¿Y si las recogieras?
Aureliano se quedó perplejo.

—¿Recogerlas? ¿Para qué? —Para descubrir lo que Dios quiere enseñarte —respondió el abad—. Recógelas. Una por día. Y tráelas contigo.

Al día siguiente, al encontrar la piedra, la levantó con gesto de fastidio y la guardó en la manga. Repitió el gesto durante treinta mañanas. Al cabo de un mes, un pequeño montón de piedras se acumulaba en un rincón de su celda.

Entonces el abad lo llamó de nuevo. —Ahora construye con ellas un altar. No importa si es rústico. Levanta con tus obstáculos un lugar para Dios. Aureliano pasó dos tardes enteras acomodando las piedras. Algunas eran pesadas, otras no encajaban bien, pero con paciencia terminó una pequeña estructura, sobre la cual colocó una vela sencilla.

Al encender la llama, una paz profunda lo invadió sin explicación. De pronto comprendió que cada piedra representaba una impaciencia, una rabia, una queja convertida en ofrenda.

El abad apareció detrás de él, en silencio, como solía hacerlo. —Aureliano —dijo con voz suave—, Dios transforma nuestras molestias en gracia si dejamos de resistirlas. Cada piedra era una pequeña prueba, una oportunidad de crecer. Pero tú las veías como enemigos. El joven bajó la cabeza, conmovido. —¿Crees que Dios sólo te habla en las alegrías?
—continuó el abad—. También lo hace en los tropiezos. Lo que estorba, si se ofrece, se convierte en oración.

Con los años, Aureliano siguió recogiendo las “piedras del día”. Y los hermanos decían que, cuando oraba ante aquel pequeño altar construido con sus antiguos tropiezos, se escuchaba, en el silencio de la celda, una especie de canto suave: el sonido de un corazón que por fin había aprendido a ofrecerlo todo.

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2 comentarios sobre “El monje y la piedra que cantaba

  1. manuelwarlok – En busqueda de todo lo oculto, todo lo escrito en este blog es real,no hya ninguna historia inventada, todo se basa en experiencias reales, tambien hay poemas y pensamientos personales
    manuelwarlok dice:

    Que gran enseñanza👏

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