Fiesta de San Juan, Apóstol y evangelista

Diciembre 27, 2025

1 Juan 1, 1-4 Salmo 96, 1-2. 5-6. 11-12 Juan 20, 2-9

Fiesta de San Juan, Apóstol y evangelista

Alégrense, justos, con el Señor

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El sepulcro vacío: cuando el amor corre más rápido que la comprensión y la fe nace al contemplar los signos

Antes de ver al Resucitado, los discípulos ven su ausencia. Y en esa ausencia, la fe comienza a despertar.

El evangelio nos presenta una escena cargada de amor, desconcierto y revelación. María Magdalena corre hacia Pedro y “el otro discípulo, el que Jesús amaba”, anunciando una noticia inquietante: el sepulcro está vacío. No afirma todavía que Jesús ha resucitado; solo dice: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.” Ella interpreta la ausencia desde el dolor, no desde la esperanza. Su corazón ama, pero aún no comprende.

Pedro y el discípulo amado corren hacia la tumba. Sus pasos revelan dos modos de buscar a Cristo. Pedro corre por fidelidad y responsabilidad; él es la “piedra” elegida por Jesús. El discípulo amado corre movido por el afecto más puro y directo. Llega primero porque el amor, dirá Santo Tomás de Aquino, “es más veloz que cualquier otra virtud”. El amor no calcula: se adelanta.

Sin embargo, al llegar, el discípulo amado se detiene y no entra. Espera a Pedro. Santo Tomás señala que esto simboliza la armonía entre caridad y autoridad en la Iglesia: el amor reconoce el lugar de Pedro y le permite entrar primero. Ambos, sin embargo, se necesitan. Sin Pedro, la Iglesia se desordena; sin el discípulo amado, la Iglesia se enfría.

Pedro entra y ve “los lienzos en el suelo” y “el sudario… enrollado en un lugar aparte”. Esto es decisivo. No hay señales de robo ni de prisa. Todo está ordenado. La muerte, que normalmente desfigura, aquí deja un rastro de serenidad divina. Santo Tomás explica que estos detalles son signos de que Cristo ha resucitado por su propio poder, sin intervención humana.

Entonces entra también el discípulo amado. El evangelista describe el momento con una frase breve pero inmensa: “Vio y creyó.”
¿Qué vio? No a Jesús. No un signo espectacular. Solo un sepulcro vacío, lienzos plegados y silencio.
¿Qué creyó? La resurrección.

Santo Tomás afirma que el discípulo amado entiende, antes que nadie, porque su corazón ya estaba unido a Cristo por el amor. La fe no contradice la razón; la trasciende suavemente, guiada por un corazón purificado.

El evangelio aclara: “Todavía no habían entendido la Escritura, según la cual Él debía resucitar de entre los muertos.” Es decir, la comprensión teológica completa vendrá más tarde. Pero la fe comienza aquí, en el encuentro con los signos que Dios deja en el mundo. La resurrección no se impone con fuerza; se revela a los que buscan.

Este pasaje enseña varias verdades profundas:

— Que el amor es el primero en intuir a Cristo.
— Que la autoridad y el afecto no compiten: se completan.
— Que Dios no abandona a sus hijos al desconcierto: deja signos para que la fe pueda nacer.
— Que la tumba vacía no es ausencia, sino comienzo: el lugar donde la muerte pierde su poder.
— Que la fe cristiana nace no del espectáculo, sino de la contemplación humilde de los signos de Dios.

Así, en el silencio del amanecer, mientras la luz empieza a vencer a la noche, también la fe comienza a vencer a la muerte.

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