Lincoln y el valor de la honestidad

Anuncios

La moneda de cinco centavos y el valor de la honradez


Una tarde fría, cuando Abraham Lincoln era todavía un joven dependiente en New Salem, entró una mujer humilde a su pequeña tienda. Compró unos pocos víveres: té, azúcar y una barra de jabón. Pagó, habló brevemente con Lincoln y se marchó.

Al cerrar la caja, Lincoln se dio cuenta de que, por error, le había cobrado seis centavos de más. Era una cantidad mínima. Cualquier otro vendedor habría dicho: “No vale la pena preocuparse”. Pero para Lincoln, que luchaba por sobrevivir con un salario muy modesto, aquello se convirtió en un tormento moral.

Así que, al terminar el día, sin importar el cansancio, caminó varios kilómetros hasta la casa de la mujer, ya caída la noche. Tocó la puerta con suavidad. La mujer, sorprendida, lo miró con una mezcla de temor y curiosidad.

—Señora, dijo Lincoln mientras sostenía su sombrero, le cobré seis centavos de más. Aquí están.

Ella quedó muda unos segundos. La luz de la lámpara de aceite iluminaba el rostro joven de Lincoln, sudado y lleno de polvo del camino. Al fin, la mujer sonrió con la emoción sincera de quien ha encontrado un alma honesta en un mundo difícil.

—Nadie hubiera hecho algo así —respondió ella.

Lincoln inclinó la cabeza y se retiró. Años más tarde, aquel joven alto, flaco, de modales sencillos y paso largo, se convertiría en presidente de los Estados Unidos. Algunos contemporáneos recordaban esta anécdota, diciendo que el mismo hombre que caminó kilómetros por seis centavos sería el que, como presidente, se negaría a poner precio a la libertad de los esclavos.

Para Lincoln, la honradez no era un acto aislado: era su forma permanente de vivir.

Deja un comentarioCancelar respuesta