Llamados por su nombre: la misión comienza con Cristo

El Evangelio de marca un momento decisivo en la vida pública de Jesús. Después de contemplar a las multitudes como ovejas sin pastor, el Señor llama a los doce discípulos por su nombre, les comunica su propia autoridad y los envía a anunciar que «el Reino de los cielos está cerca». La misión de la Iglesia no nace de una iniciativa humana, sino de un llamado personal de Cristo.

La doctrina católica enseña que toda autoridad apostólica procede de Jesús. Los Apóstoles no actúan en nombre propio; son enviados como representantes del mismo Señor. Por ello, la Iglesia conserva la sucesión apostólica: los obispos, unidos al Sucesor de , continúan la misión recibida de Cristo para enseñar, santificar y gobernar al Pueblo de Dios.

Resulta significativo que Jesús llame también a hombres llenos de limitaciones. Entre los Doce hay pescadores, un publicano e incluso , quien terminará traicionándolo. Esto recuerda que la elección divina no se basa en la perfección previa, sino en la gracia. Dios llama para transformar, no porque el hombre ya sea santo.

explica que Cristo concede a los Apóstoles el poder de expulsar demonios y sanar enfermedades como signo visible de una autoridad mucho mayor: liberar al hombre del dominio del pecado. Los milagros no son un espectáculo, sino una manifestación de que el Reino de Dios ya ha comenzado. La curación del cuerpo apunta siempre a la salvación del alma.

Jesús ordena primero dirigirse a «las ovejas perdidas de la casa de Israel». No se trata de excluir a los demás pueblos, sino de respetar el orden del plan de salvación. Las promesas hechas a Israel encuentran su cumplimiento en Cristo, y desde allí la Buena Nueva se extenderá hasta los confines de la tierra, como ocurrirá después de la Resurrección.

El anuncio es breve, pero contiene toda la esperanza del Evangelio: «El Reino de los cielos está cerca». No es simplemente una realidad futura, sino la presencia misma de Dios actuando en Cristo. Allí donde el hombre acoge a Jesús con fe, el Reino comienza a transformar su corazón.

Este pasaje también interpela a cada bautizado. Todos hemos recibido una misión según nuestra vocación. Algunos son llamados al sacerdocio, otros a la vida consagrada y muchos al matrimonio y a la vida laical. Pero nadie está exento del deber de anunciar a Cristo con la palabra, el ejemplo y la caridad. Evangelizar no consiste únicamente en hablar de Dios, sino en transparentar su amor en la vida cotidiana.

Pidamos al Señor la gracia de escuchar su llamada con generosidad. Como los Doce, también nosotros somos enviados a un mundo necesitado de esperanza. Cuando Cristo llama, también concede la fuerza necesaria para cumplir la misión. Quien permanece unido a Él nunca anuncia un mensaje propio, sino la verdad que salva y conduce a la vida eterna.

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